Por: Columnista invitado EE

Aislamientos: ¿peor que la enfermedad?

Por: José Rafael Unda Bernal

Me parece cada vez más, aunque reconozco que he oscilado en opinión sobre el manejo de la pandemia, que el remedio ya es peor que la enfermedad. A principios de marzo pensaba, como Trump, Bolsonaro y Johnson --sin proponérmelo--, que el COVID-19 era una gripa más, que se sumaba a los 200 o más virus de influenza que hay en la tierra y que estábamos exagerando con su importancia por la sencilla razón de que era nuevo y no sabíamos, como humanidad, cómo enfrentarlo. Es decir, para ponerlo en perspectiva, tal como vivió el homo sapiens desde hace unos 200.000 años hasta que empezó a inventarse cosas como las vacunas para prevenir --con éxito-- y medicamentos para tratar --con éxito-- enfermedades como el polio, la viruela, el sarampión, el dengue, la fiebre amarilla y otras que nos aterraron como especie.

Nos asusta ahora, con razón, la aparición de una nueva, contra la que no tenemos prevención ni cura ya inventada. Creíamos que esa condición correspondía a la Edad Media y nos parece indigno que en el siglo XXI nos pasen cosas así. Pero, peor aún, nos olvidamos de esa vergüenza y entramos en pánico.

En fin, pensaba que el número de muertes para la humanidad era bajo comparado con otras enfermedades. En esos días habían muerto en el mundo menos de 30.000 personas por COVID-19 (todas, o casi todas, en conjunción con otras enfermedades). Imaginando que la cosa fuera de proporciones enormes, podría llegar a acumular unas 30 veces más, hasta un millón de muertes en un año, lo que equivale al 0,013 % de la población, muy, pero muy lejos de las principales causas de muerte en el mundo (18 millones de personas mueren al año por enfermedades cardiovasculares: el 0,24 % de la población. La segunda causa de muerte es el cáncer con 10 millones/año; la tercera son enfermedades respiratorias con 4 millones/año; la cuarta son infecciones respiratorias agudas con 2,6 millones/año[1]).

 
 

Si el COVID-19 llegara a un millón de muertes cada año ocuparía apenas el puesto 14 en ese ranking; si llegara a dos millones sería la quinta o sexta causa. Las cifras para Colombia son otras, pero también lejanas a las muertes previsibles por COVID-19 (en nuestro país murieron 68 mil personas en 2017 por enfermedades cardiovasculares: 0,14 % de la población; 47 mil por cáncer; 15 mil por enfermedades respiratorias distintas al COVID-19, otro tanto por homicidio, la misma cantidad por demencia; 11 mil por enfermedades digestivas, más de 8 mil por enfermedades renales; y la lista sigue --ver cuadro[2]).

¿Cuántas tendremos por COVID-19? Nadie lo sabe. Las proyecciones de la Alcaldía de Bogotá[3] en el “escenario 1”, es decir sin acción alguna de contención, indican que a mayo 31 de 2020 habríamos acumulado la espantosa cifra de 72.939 muertes por COVID-19  –pero ese escenario no se dio--, mientras que en el escenario 2, con medidas muy parecidas a las que han estado en vigor, sería de 598 muertes, menos del 1 % de las del primero, y en el escenario 3, de 208. Colombia entera podría tener cuatro o seis veces esa cifra, o 10, si el lector es muy pesimista; es decir, muy por debajo de las principales causas de muerte en nuestro país. En todo caso, con corte mayo 17 de 2020, han ocurrido menos de 600 muertes en toda Colombia asociadas a COVID-19 y el ritmo de crecimiento es, además, relativamente bajo (4 % o 5 % diario). Obsérvese la evolución del número de muertes diarias en Colombia en el cuadro 2, que elabora un tuitero[4] con datos del Instituto Nacional de Salud.

 
 

Pero esa era mi perspectiva al empezar marzo, que reconozco voluble. En la segunda quincena de ese mes mi perspectiva cambió. ¿Qué haría yo en los zapatos del presidente de la República? Ya teníamos --pocas-- muertes en Colombia por COVID-19, pero veía crecer los casos detectados haciendo relativamente pocas pruebas y sabía que el número de camas hospitalarias y de UCI con respiradores era pequeño vs. las proyecciones de los expertos que decían que si no éramos drásticos con el control de la velocidad de propagación, tendríamos una catástrofe. Y el espejo de Italia y España, dos países queridos en Colombia, era aterrador. Es. Y el de Ecuador, que también es querido y aterrador. Y sabía que la competencia en el mercado por respiradores, camas, guantes, tapabocas y similares era feroz.

¿Qué haría yo en los zapatos del presidente de la República? Me pareció entonces que una cuarentena hasta la Semana de Pascua era una buena idea. Que tendría efectos negativos en la economía y, por lo tanto, causaría sufrimiento social, pero que los efectos positivos lo ameritaban (aparte, porque merece mención separada, destacada, me avergonzaron el gerente de OPAIN en Eldorado y las autoridades sanitarias y portuarias nacionales y de Bogotá, por ese muy lamentable episodio de desgobierno).

Luego vino la decisión de prorrogar la cuarentena hasta abril 26, que me alarmó porque son pocas las empresas que sobreviven sin ingresos por más de unas pocas semanas. Los estudios señalan que en promedio apenas cuatro --que ya pasaron--, unas pocas más tiempo, y muchas otras menos de esas cuatro. La consecuencia inevitable de la cuarentena prolongada (no de la pandemia: de la cuarentena prolongada) es la quiebra de las empresas; es decir, la pérdida de empleo --aunque el ministro del Trabajo quiera que no-, la pérdida del IVA, del ICA y del impuesto a los combustibles que pagan las empresas y los consumidores --que dejan de consumir--, del impuesto de renta que pagan las empresas y los ciudadanos, del impuesto predial que pagan empresas y ciudadanos que no tendrán con qué pagar --aunque se facture--; y de los pagos a contratistas y proveedores (ojalá me equivoque, pero pareciera que el Gobierno Nacional y las alcaldías no han hecho consciencia suficiente del impacto de sus decisiones en el recaudo de impuestos). Como si faltara algo, nos privamos de la principalísima fuente de ingresos de la nación y de los territorios: la renta estatal petrolera por la caída del precio internacional debido a las cuarentenas en todo el mundo, a la confrontación árabe-rusa y la desesperada lucha árabe contra el fracking. Para completar, la cuarentena se ha venido prorrogando hasta la medianoche de mayo 31 y puede ser que el miedo la amplíe aún más.

Esas extensiones más allá de la Semana Santa eliminaron mis oscilaciones de opinión frente al manejo de la pandemia: el remedio "de primera generación" (la cuarentena) ya es peor que la enfermedad. En los casos que conozco directamente, el remedio "de segunda generación", el remedio del remedio, es decir los decretos como los que reducen aportes a pensiones y el de subsidio a la nómina de las empresas, o los créditos baratos, servirá poco, porque no hay remedio para la pérdida de clientes. Equivale a tratar de hacer andar a punta de rejo a una mula agonizante, como dice un artículo de Luis Guillermo Vélez. ¿De qué servirá a un restaurante, a una línea aérea, a una sala de cine, al que vende obleas o empanadas en la calle, al peluquero, a la cadena de panaderías, a los hoteles o a la empresa de transporte intermunicipal de pasajeros mantener el empleo gracias a una contribución estatal condicionada a mantenerlo si no hay clientes para venderles los bienes o servicios a los que se dedica?

Se dice, con razón, que prevenir es mejor que curar, pero en el caso del COVID-19 va a ser mejor curar a los pacientes que enfermen (o enfermemos, reconozco que me puede pasar a mí o a uno de mis familiares o amigos, aunque espero que no ocurra) que prevenir esos casos, digamos por ejemplo en el 0,013 % de la población, o en el 0,1 % o el 1 % de ella, que afectar tan negativamente, así sea con buena intención, como lo están haciendo todos los gobernantes, al 90 % o más de nuestros 50 millones o de los 7.500 millones del planeta.

Lo único que necesitan las empresas para conservar el empleo, causar impuesto de renta, IVA, ICA y los demás impuestos es simple: ¡que las dejen trabajar! Con precauciones razonables, como la distancia física, el tapabocas y lavarse las manos con agua y jabón.

Nada en mis reflexiones, en todo caso, me impide reconocer que para los gobernantes la situación es difícil: tienen que tomar decisiones en medio de incertidumbres impensables; pueden equivocarse, y lo saben. Tratan de acertar en medio de ellas, pero nada les garantiza que eso pase. Yo, que apenas soy un espectador en este caso, creo que los comprendo porque he tenido que enfrentar crisis análogas, afortunadamente de escala infinitamente menor a esta, rodeado de organismos que en vez de ayudar a resolver problemas procuran asustar a quienes asumen riesgos, en medio de incertidumbres, para construir soluciones. ¡Mis respetos y admiración a ellos! ¡Mis respetos y admiración a ellos! ¡Mis respetos y admiración a ellos!

* Tertulia Cervantina 77. Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor.


[1] Fuente: OurWorldInData.org

[2] Idem.

[4] familiar mío.

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