Por: Ignacio Zuleta

Ajo y limón para el apocalipsis

La vida y sus retoños Ciencia y Tecnología están sujetos a las leyes naturales aunque la arrogancia nos haga pensar a veces lo contrario. Estábamos convencidos de que con el invento de los antibióticos la inmortalidad estaba a un paso; pero no la logramos y vamos en reversa: “Todos los días, cerca de 700.000 personas en el mundo mueren por infecciones tales como tuberculosis y malaria, resistentes a las drogas”, dice un informe serio y apoya lo que ya viene reiterando la Organización Mundial de la Salud: la resistencia a los antibióticos es hoy en día una de las más grandes amenazas para la salud, la seguridad alimentaria y el desarrollo.

Este viernes 13, Dame Sally Davies, la más alta consejera del Reino Unido para asuntos de salud pública, toca de nuevo a rebato las alarmas del “Apocalipsis posantibióticos”. No es una alharaca, sino una realidad que nos afecta a los que tomamos y no tomamos antibióticos (es la bacteria la que se vuelve resistente, no el cuerpo). Como por causas que enunciaremos más abajo hemos abusado de estos artificios, no solamente se han vuelto intratables enfermedades sencillas que parecían controladas, sino que la medicina convencional entera está en riesgo, pues una herida infectada, una cesárea, un trasplante de cadera o de médula, o el tratamiento del cáncer —con o sin el proyectado CITC de “responsabilidad y compromiso ético” de Sarmiento Angulo— son de nuevo de alto riesgo por causa de la resistencia a los fármacos antimicrobianos. Por ello las infecciones intrahospitalarias crecen y en Colombia nos cuestan cerca de $800.000 millones al año. (No mejora el panorama la cifra macabra de muertes por errores en clínicas y hospitales que —si hemos de creerle al British Medical Journal y al Washington Post— se han convertido en la tercera causa de muerte en los Estados Unidos). Patético

Entre las causas obvias de la resistencia a los antibióticos, analistas como Maryn McKenna afirman que podemos enumerar casi las mismas que con el cambio climático: una amenaza descomunal creada en muchas décadas por millones de decisiones individuales reforzadas por las acciones de la industria. La industria médica, aliada de la industria farmacéutica y la industria avícola, por ejemplo, han creado un reto. El profesional que receta antibióticos incentivado por el visitador, el agripado que se automedica, el farmaceuta del barrio que aconseja “algo fuerte” y los pocos escrúpulos de algunos productores de pollos, de reses o de puercos que inoculan sus bichos y los venden antes de que el “remedio que engorda” haya salido de su cuerpo, han creado una situación insostenible, excepto para los que comercian al año cifras enormes de antibióticos para uso animal.

Esta situación nos obliga a pensar en que algo anda mal y en que es fundamental volver a la naturaleza para tener verdadera salud. De lo contrario nos merecemos nuestra suerte. Por fortuna la medicina tradicional no se ha extinguido; la utilización de los antiguos antibióticos que provee la naturaleza está siendo estudiada de nuevo y subida al sistema. Aparte de la experiencia de miles de seres humanos que han confiado en el ajo, el clavo y el limón como primeros promotores de salud, hay investigaciones que demuestran que las plantas pueden tratar infecciones causadas por microbios, aún los superbugs. Es una decisión política, como la de los chinos al preservar su medicina tradicional y la de los indios que conservan su Ayurveda. ¿Por qué no podemos nosotros volver a pensar en estos términos? Para eso sirve la biodiversidad: rescatemos el conocimiento ancestral, investiguemos y construyamos de nuevo verdadera Salud Pública.

 

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