Por: Fernando Barbosa
A mano alzada

Akihito: balance y desafíos

El reinado del emperador Akihito está en la recta final. Abdicará el próximo 30 de abril con lo cual su era, la era Heisei, llegará a su fin luego de 30 años. Han sido tres décadas de dificultades para Japón: profunda crisis económica, turbulencias políticas, escándalos, desastres naturales. Sin embargo, un análisis de lo sucedido requerirá de más tiempo hasta cuando se decanten los acontecimientos.

Pero el emperador se ha adelantado y en conferencia de prensa concedida con ocasión de su cumpleaños 85 el pasado mes de diciembre, publicada por la Casa Imperial, anotó lo que podría ser el testimonio de su tiempo. Como siempre, lo hizo en el marco de la brevedad, que es la regla, y, por supuesto, con el sello de la sutileza propia de su cultura: el mensaje está en los silencios. Y más si se atiende al mandato constitucional que no le permite intervenir en asuntos de gobierno.

Las declaraciones de Akihito comienzan con el recuento de los desastres del año pasado y más adelante incluye todos los que ocurrieron durante su reinado, que han sido numerosos y trágicos en términos humanos y económicos. Pero una frase esconde algo muy sensible. Dijo: “siempre me conmueve ver a la gente enfrentarse de manera ordenada cuando ocurren los desastres”. Nada nuevo, pues ya lo había dicho el 16 de marzo de 2011 a raíz del desastre de Fukushima. Ahora, lo que se lee, en lo profundo de esta manifestación, es la queja por las fallas del gobierno para prevenir desastres y para reaccionar prontamente cuando ocurren.

La sucesión imperial es otro tema de sus preocupaciones. Lo hace rindiéndole tributo a la emperatriz, de quien afirma: “también estoy realmente agradecido con la emperatriz, quien era una persona del común (“one of the people”), pero que eligió caminar este camino conmigo y durante más de 60 largos años ha continuado sirviendo con gran devoción tanto a la familia imperial como al pueblo del Japón”. Es, sin duda, una venia a sus dos nueras: la próxima emperatriz Masako y la esposa del siguiente príncipe heredero.

Muchos interrogantes se plantean cuando el emperador señala que “desde cuando ascendí al trono, he pasado mis días buscando cuál debería ser el papel del emperador, designado como símbolo del Estado por la Constitución de Japón. Tengo la intención de cumplir con mis deberes en esa capacidad y continuaré contemplando esta pregunta mientras cumplo con mis deberes diarios hasta el día de mi abdicación”. Parecería este un llamado a modificar el sistema imperial y lo relacionado con la Casa Imperial.

Sobre lo que considera su gran legado, es concluyente: la paz. Recuerda los problemas territoriales y los sufrimientos de los japoneses y de los asiáticos a causa de la Segunda Guerra. Y afirma: “me consuela profundamente que la era Heisei esté llegando a su fin libre de guerras en Japón”. La relevancia con que se refiere al tema apunta, sin duda, a la reforma que el actual gobierno impulsa para modificar la Constitución pacifista que es, quizás, a nivel local e internacional, el mayor capital político del Japón de la posguerra.

 

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