Por: Columnista invitado

Al 9 nadie lo nueve (I)

“Ya está en orden el caos de este pueblo. De nuevo somos grandes y triunfales. Con entusiasmo todos entonamos el himno patrio: ‘do, re, mi, fa, gol’”. Enrique Badosa.

Tiene que mirar feo, como miraba Beckett; lo miran feo, como a Juan Pablo Castel, el de El túnel, o como a Alex, el de La naranja mecánica. Camina por el centro de la cancha y casi nunca visita los predios del arquero de su propio equipo. Se hace acompañar de un 10 o un 7. Cabecea como si tuviera hierro en las sienes y tiene cicatrices encima y debajo de la ceja; en el entrecejo y en los pómulos se le dibujan los codos de sus “guardianes”. Le dicen ariete ofensivo, artillero, cazagoles, rompemallas, delantero centro. Sus alusiones directas al mundo militar y de guerra (obús, disparo, balazo, tiros, tanque) son metáforas de su ardua y estética labor: marcar goles. Al 9 le toca aguardar con paciencia, como el búho, morder, vivir, masticar el área contraria y definir como el búfalo, tarea de filósofos, epistemólogos, filólogos y conceptólogos del diccionario, es decir, definir, definir en el arco contrario, dar la última y definitiva jugada. Un 9 no tiene riesgos de autogol; vive alejado de la opción, aunque ha soñado con la posibilidad remota. Su misión es pisar el área de gol, pero con movilidad, estrategia, engaño, trampa, zarpazo, oportunidad. No tiene amigos entre los rivales, aunque los abraza cuando se acaba el partido; mira como miraba Miguel Ángel Osorio, pseudónimo de Porfirio Barba Jacob, con esos ojos mustios pero dramáticamente humanos. Un 9 se gasta la vida cantando, celebrando, haciendo himnos y loas al paso del esférico por la raya de gol, no importa si está parado y le pega el balón en la cabeza o si es de chalaca. Cantar gol es su máxima preocupación (siempre hay motivos para dedicar un gol). No hay en el mundo nadie más triste que un 9 sin gol, es decir, está enterrado en vida porque su silencio se contagia con el silencio de los espectadores. Hay incertidumbre cuando el 9 se va del terreno de juego sin marcar, es una situación distinta del que no tiene esa responsabilidad, es como ir a cine y no ver el final o escuchar la narración de un gol sin saber quién lo hizo. Hay situaciones difíciles para un 9: vivir, respirar, pero si no mete goles, su vida está a medias. Por eso, cuando lo logra, recoge la pecosa y se la guarda en su propio vientre: complejo maternal, eternidad de madre, agradecimiento ancestral, ritual antropológico, un beso para hacer homenajes a ese dios al que alude Juan Villoro en Dios es redondo. Afirmación de la existencia, brinco indeciso por alcanzar esas tres letras que enloquecen sin explicación a narradores, comentaristas, espectadores y, sobre todo, a quienes las padecen. Qué buen pretexto para afirmar la vida en los momentos de mayor tristeza dominical. Al 9 nadie lo nueve, pero es al que más mueven los técnicos. “Do, re, mi, fa, gol”.

Juan Carlos Rodas*

 

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