Por: Sergio Otálora Montenegro

Al borde del paraíso

HAY UN SECTOR DE LA INTELECTUAlidad uribista que ha decretado, con gran triunfalismo, que estamos ya en la fase del posconflicto. La pregunta ahora es cómo hacemos para manejar todos los saldos en rojo de la violencia, con la guerrilla derrotada en lo estratégico y los paramilitares más extinguidos que los dinosaurios. Mejor dicho: nos hallamos a un pelo de sellar la paz.

¿A qué le están apostando estas conciencias alquiladas? Hay nuevos (¿nuevos?) escuadrones de la muerte, y la subversión sigue, como siempre, en el frente de batalla, diga usted golpeada, en un repliegue en la profundidad de la selva, acosada por decenas de operativos militares, pero lejos aún de esa fila india de derrotados (al estilo de los guerrilleros liberales que se entregaron en la década de los cincuenta del siglo pasado), con la que sueñan los generales y los neoposviolentólogos.

A pesar de los éxitos de la “seguridad democrática” (por lo demás, nuestra guerra endémica siempre ha tenido sus trofeos, no es nada del otro mundo), estamos muy lejos de sacar de la manga semejante irresponsabilidad civil de plantear que ya estamos al borde del paraíso. Eso no es cierto. Es una gran mentira condimentada con la pirotecnia de los académicos domesticados. O mejor: al servicio de un poder nacido de la corrupción y el exterminio.

¿Por qué hay tanto interés, por parte de algunos de nuestros “investigadores sociales”, de legitimar la estrategia de sangre y fuego de este Gobierno y de sobredimensionar los resultados de una política que, en concreto, no ha variado, de manera sustancial, la correlación de fuerzas?

Es curioso: ahora dicen, con agua en la boca, que “estamos ganando la guerra”, como si alguna vez hubieran afirmado lo contrario. Desde siempre, los militares, los políticos, los presidentes de la República, el Congreso en pleno, han declarado a los cuatro vientos que todo está bajo control y que la subversión se encuentra a un paso de su aniquilamiento.

En este medio ambiente enrarecido por la reelección, es vital poner a los académicos a cantar victoria, porque ésa es la materia prima que endulza el oído de las clases medias urbanas convencidas de que sin Uribe al mando no habrá futuro. Por lo tanto, lo que hemos vivido en estos seis años de régimen uribista es una rotunda historia de éxito, y lo único que falta es que, en cualquier momento, Alfonso Cano anuncie, desde las montañas de Colombia, la desmovilización de sus huestes, la entrega de armas y el sometimiento al poder del Estado.

Pura propaganda. El balance, por el contrario, no puede ser peor. De ahí la santa ira presidencial cuando las Naciones Unidas anunciaron que Colombia bate el récord mundial en desplazados y refugiados (subproducto trágico de la balacera) y que han crecido los cultivos de coca en el país. Dos indicadores claros, incontrastables, del fracaso del camino escogido. Para no hablar de la honda crisis ética y política del Parlamento y del poder presidencial.

Pero siempre hay una tabla de salvación. Por lo general viene de las encuestas, que aparecen en momentos providenciales. En México acaban de publicar una de ellas, en la que nos anuncian que Álvaro Uribe, con su mítico 84 por ciento, es el mandatario de más alta aceptación en la región, y acaso en el mundo.

Se quedaron cortos. Es también insuperable en su talento para la artimaña: ante la evidencia de que el voto que aprobó su reelección fue resultado del soborno, ahora pide que sea el pueblo soberano, convocado por un Congreso ilegítimo, el que ordene repetir las elecciones de 2006. Impresionante: de quitarse el sombrero.

El mesías lanza dos bombas: pelea con la Corte, la acusa de hacerle el juego al terrorismo y utiliza el referendo no sólo para desconocer las decisiones de la justicia, sino como atajo populista para apuntalar su reelección sin necesidad de hacer declaraciones públicas al respecto. Elemental: el electorado decide. Estos son los vientos refrescantes del posconflicto, sin duda.

 

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