Por: Reinaldo Spitaletta

Al estilo Gran Hermano

LO QUE NO ESTÁ EN LA LENGUA (Sobre todo si es lengua oficial) no puede ser pensado. Es lo que diría algún totalitario. Se sabe que una de las acciones clave del exterminio está en hacer perder el lenguaje a la víctima, de que no se reconozca con sus pares, ni pueda alzar la voz para gritar las humillaciones, para afirmar su historia. Pasó, por ejemplo, con el proyecto político de destrucción y sometimiento de seres humanos en la Segunda Guerra Mundial.

El lenguaje del poder, que en otros días estaba ligado a las represiones físicas y mentales, hoy está vinculado, además, a lo mediático. Un dictador, o digamos, un presidente, no sólo requiere su oficina de prensa y sus consejeros en comunicación, sino tener a sus pies a los medios de información, a los periodistas. Y entre más amaestrados estén por el sistema, más caja de resonancia tendrá el poder.

Ya esto no sólo está en ficciones como Fahrenheit 451, de Bradbury, o Ensayo sobre la lucidez, de Saramago, sino en la realidad que a veces es más fantástica que cualquier literatura. En los últimos tiempos, pongamos unos cinco o seis años, Colombia se parece a lo que ya imaginó Orwell en 1984, con un Gran Hermano que todo lo sabe, todo lo ve y que suple a cualquier personaje político: él es el jefe supremo, el guardián de la sociedad, el comandante en jefe y el supremo juez. Él es el partido. No se necesita nada más. Y menos, oposición.

Como lo diría algún crítico, estamos convertidos en una sociedad que practica la “ciudadanía contemplativa” y en un país en el cual la política, hace rato, se mutó en reality. Y para ello el Presidente (con mayúscula, según los manuales de estilo) y sus puestas en escena transmutaron al ciudadano en espectador: basta con apreciar el espectáculo presidencial en consejos comunales, en entrevistas radiales y televisivas (qué curioso, poco en prensa escrita. Debe ser que hay mucho analfabetismo), en espacios institucionales y sobre todo en canales privados.

El Gran Hermano sabe de espectáculo. Cuando necesita, habla duro, con autoridad (y autoritarismo), hasta puede decir “te doy en la cara, marica”, o suaviza los golpes contra la gente a punta de eufemismos: flexibilización laboral, peajitos, impuesticos… Sabe producir noticias cuando regaña, cuando reta a “politiqueros y corruptos” (no sé si entre ellos, algún pariente suyo), o cuando quiere reducir al opositor a un “comunista disfrazado” o a colaborador del “terrorismo”.

Estos preliminares los escribo por la noticia en apariencia sabrosona, pero que debe tener un trasfondo político: la Presidencia sacará un Manual de Estilo para sus colaboradores (nada raro hasta ahí) y para donar a las Facultades de Comunicación. No creo que sea para emular a antiguos presidentes o vicepresidentes gramáticos (Marco Fidel Suárez, José Manuel Marroquín, Miguel Antonio Caro). Ni para expresar que “seguridad democrática” va en mayúsculas.

Tal vez se está confeccionando, como en la obra de Orwell, un Ministerio de la Verdad, con un lenguaje oficial del cual nadie, sobre todo si es comunicador, debe salirse. Una de las palabras más envilecidas ha sido la de patria, apta para todas las demagogias y sentimentalismos. La patria –dirán los poetas– es la infancia, por desventurada que haya sido. O la calle en que crecimos. Quizá la patria es el barrio.

Nada raro que ahora la patria sea el Gran Hermano. Y que sólo se pueda escribir sobre lo que prescriba la lengua oficial.

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