Por: Arturo Charria

Al final de los libros

Cuando Lina me ve llegar con un nuevo libro me lo arrebata con cariño y se va directo a la última frase; se queda un rato en silencio y luego lanza su juicio, que se resume en dos opciones: “se ve bueno” o “no creo que me interese leerlo”. Si el veredicto es negativo, yo avanzo por la lectura pensando que al final todo será un desastre. Pero si se muestra emocionada con las líneas finales de una novela o con los últimos versos de un poema, yo leo con ansiedad esperando encontrar el motivo de su alegría.

Así comencé este pequeño inventario o colección de finales de libros. Pensé en las últimas líneas de libros ya leídos y que consideraba fundamentales para mi vida, pero también en los que no había terminado. La noche que Lina me contó la forma de seleccionar sus lecturas estuve escarbando en mi biblioteca: apilé novelas, libros de poesía, antologías de cuentos e incluso algunos ensayos y biografías. Bajé de uno de los estantes Stoner y leí, arrastrando el dedo por las palabras como si trazara una línea imaginaria bajo cada letra: “Los dedos se aflojaron, y el libro que sostenían se deslizó despacio y luego rápidamente sobre el cuerpo yerto y cayó en el silencio de la habitación”. Pocos finales me han conmovido tanto como el de ese viejo profesor de literatura que, sólo en ese último momento de vida, descubre que quizá sí fue feliz.

“Todos los finales de García Márquez dejan al lector prendido del libro, poeta, como el pez al anzuelo”, me respondió el periodista Renson Said cuando le conté mi situación. Abrí El amor en los tiempos del cólera y leí en voz alta sus últimas líneas: “–¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? –le preguntó. / Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches. / –Toda la vida –dijo”. Lo mismo hice con El coronel no tiene quién le escriba El otoño del patriarca. Todos son magistrales.

Abrí otros libros. Eran obras queridas por amigos que han muerto. Comencé por recordar a Hernando, quien solía quedarse en mi casa cuando traía exposiciones a Bogotá. Una noche me dijo que su novela preferida era 24 horas en la vida de una mujer, fui a la última página y sentí en la piel el sonido de su voz ausente: “Conmovido sincera y profundamente quise testimoniarle, con unas palabras, mi respeto; pero no pude hablar. Entonces me incliné, besando respetuosamente la mano trémula y marchita cual una hoja de hierba en otoño”. Consciente de que esta forma de recordar a través de la literatura me hacía daño, busqué entre los estantes Niebla, un libro que David quería. Leí íntimamente sus últimas páginas, como si conversara una vez más con él.

Lina no sabe cuándo comenzó con esa costumbre que ahora yo comparto. Pienso que es una forma de anticipar el futuro, pues ya que no podemos cambiar el pasado, intentar, al menos, intervenir lo que está por venir. Lina suele regalarme libros, la imagino leyendo decenas de finales para ver cuál le parece más apropiado para la ocasión, no le importa si ya tengo esa novela o esa antología de poemas: “Siempre es distinto, este libro es diferente”, me dice. Yo me dejo ver por unos días hojeando mi “nuevo” regalo y pienso que no está mal volverlo a leer, así como anticipar, de vez en cuando, lo que aún no ha ocurrido.

@arturocharria

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