Por: Sergio Otálora Montenegro

Al fondo, a la derecha

A la pregunta de si es de derecha, Fabio Echeverry Correa responde de inmediato: "no. Trato de ser justo y equilibrado".

Pregúntele usted lo mismo  a Plinio, o a José Obdulio, o a Fernando Londoño,  y dirán también que ni más faltaba,  no rotundo. Y rematarán más o menos con el siguiente pase típico: “esas son etiquetas del pasado, de cuando no se había caído el muro”. Ellos son de  centro, de extremo centro, demócratas integrales… En fin.


En Colombia, tenemos una derecha  vergonzante, sinuosa, defensora  incondicional, de oficio, de corruptos y violentos. Ve en la justicia un ente parcializado, corroído por la infiltración de la subversión; percibe a los jueces como títeres de la guerra jurídica del terrorismo contra funcionarios impolutos, víctimas del atropello y la calumnia. Para la derecha,  la parapolítica es una trapisonda macabra, orquestada por exguerrilleros (Gustavo Petro y León Valencia), comunistas aliados de la sedición (Iván Cepeda)  y simpatizantes de los bandidos, como Claudia López y algunos magistrados.


Hay un tremendo espíritu de cuerpo: aquí todo el mundo es inocente, a pesar de las evidencias o de los testimonios. Y de los hechos.  Los generales de la patria comprometidos en masacres, en contubernio con escuadrones de la muerte,  son héroes, luchadores de la institucionalidad, vilipendiados por una caterva de abogados mamertos,  “nostálgicos de la revolución”. Los funcionarios encarcelados, o condenados, son víctimas del éxito rotundo de la seguridad democrática,  de la destorcida de los alzafuelles de la subversión, que ahora, en el gobierno débil de Santos, andan a sus anchas. Los falsos positivos no existieron. Los asesinatos de sindicalistas son cuentos chinos mal contados. Y el genocidio de la Unión Patriótica se niega de plano,  como los neonazis que consideran el holocausto una bien montada maquinaria de propaganda judía. Ah, y ni hablar de la combinación de todas las formas de lucha: siniestra estrategia de los comunistas, en el día hacen política y en la noche conviven con los criminales, en punible y dañado ayuntamiento. Ese, precisamente, es el inri que los paramilitares y sus aliados, dentro y fuera  del Estado, le clavan a sus víctimas, justificación plena para  el asesinato selectivo, las matanzas y la persecución.


La realidad es otra: en la izquierda, ya nadie da un peso por la viabilidad política de la lucha armada, nadie cree de verdad que la insurgencia se pueda tomar el poder, para construir la utopía del socialismo.  Es más: el único que habla de “socialismo” es Ernesto Samper. Pero la derecha, armada y desarmada, está en guerra santa, esa es su mentalidad y su talante. A medida que avanza la justicia, que se destapan más ollas podridas, y que se ven las dimensiones colosales del robo de tierras, es más agresiva, más hirsuta, más incendiaria. Trina de la ira, por radio, prensa escrita, televisión e Internet. A todas horas.


En las regiones, siguen las alianzas de los caciques electorales con las bandas criminales, nueva careta de las antiguas autodefensas. Uribe, y sus monaguillos, están en pie de lucha. Es inmenso su odio hacia quienes consideran que han saboteado el proyecto político que querían coronar: destruir a los terroristas, y a sus compañeros de ruta, por todos los medios posibles, legales o ilegales. Ensangrentar más al país, con la falsa premisa de que era necesario hacer ese sacrificio en aras de alcanzar el paraíso prometido. Fracasaron en su intento, pero en el camino dejaron demasiada podredumbre.


Para desgracia de la democracia colombiana, no existe una derecha civilista. No ha logrado quitarse el traje de fatiga, sigue con el culto a las armas,  mirando con desprecio, cuando no con franca sospecha, a sus adversarios.  Legitima y comulga con la misma ideología de quienes, con los fierros en la mano, siguen amenazando, asesinando y desapareciendo a los que consideran sus enemigos a ultranza, los comunistas aliados del terrorismo.

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