Por: Alfredo Molano Bravo

¡Al Llano!

EL LLANO ESTÁ DE MODA. LOS NIÑOS ricos lo han descubierto para hacer realities de verdad. Van encaravanados en sus 4x4, se entierran en los bajos del Casanare o del Meta, usan el winche —o malacate—, toman aguardiente, se fuman sus porros —lo que está muy bien— y regresan a Bogotá, o a Medellín, a contar la aventura.

Las telenovelas con el Llano como escenario, y los llaneros como personajes, todos sobreactuados y perfumados, también están a la orden del día. Tienen un tufillo a western detestable y arribista. Pero los más interesados son los grandes inversionistas. No sólo colombianos y no sólo personas naturales. Se trata de grandes y mentados grupos económicos con casas matrices en Nueva York o Tokio. Les dio la ventolera, diría la abuelita del ministro de Hacienda, muy nombrado ahora en el Congreso. El Llano es para ellos la mitad del país. Una mitad salvaje, virgen y a la mano. Las tierras para cultivar cereales u oleaginosas, caucho, madera, son en el mundo cada vez menos. ¡Y el Vichada ahí! ¡Y el Casanare ahí! ¡Qué desperdicio! ¡Cuánto no darían los japoneses o los belgas por un pedacito como el Bajo de la Culebra o las Sabanas de la Virgen! ¡Es que no sabemos apreciar! Y manos a la obra: a meterse. Comprando o empujando. Los nuevos llaneros, los llama con cierta sorna la revista Dinero. Van con toda. Van por todo. Han comprado tierras baratas a dos manos. Toda la que puedan,  sin perder tiempo. Como lo hacían los empresarios del este en la California de los veintes y que tan bien cuenta John Steinbeck en Las uvas de la ira. Se sienten poseídos por el espíritu del progreso: tractores, combinadas, retroexcavadoras, cal —millones de toneladas de cal—, carretera y, claro, peones, campamentos y seguridad. Ahora, por compañías de seguridad privada; antes por las FF.AA. y más antes por Cuchillo, Martín Llanos, Víctor Carranza. Todo en orden.

La Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento, Codhes, ha publicado una sesuda investigación sobre el “Impacto del conflicto armado sobre la población civil en la Orinoquia y la Amazonia colombiana”. Estas regiones abarcan más de la mitad del territorio nacional, pero ahí vive y trabaja sólo el 5% de la población; el hato ganadero representa el 25% del total nacional; el 70% del petróleo del país es extraído de su subsuelo y en su suelo se produce el 40% de la cocaína, unas 300 toneladas. Al tiempo, se han desplazado 400.000 personas, sin contar las que lo han sido por las fumigaciones. Es decir, el doble de la gente que proporcionalmente es desplazada en todo el país. El 40% huye a Villavicencio y a Florencia. De los territorios indígenas han sido desplazadas unas 13.500 personas y 25 de las 66 comunidades están en grave riesgo de desaparecer.

O sea, la prehistoria del nuevo capítulo que escriben las grandes inversiones de capital. Según  Dinero: “Harold Eder, presidente de Manuelita, tiene 40.000 hectáreas en Meta y Casanare. Ha hecho inversiones por cerca de US$300 millones. Luis Carlos Sarmiento está metido en palma, caucho, arroz y algodón. Tiene 16.000 hectáreas y ha invertido US$100 millones. Germán Efromovich, US$100 millones en piña, café y palma africana. El gran pionero es el industrial santandereano Jaime Liévano. Junto con la empresa paisa Contegral, han invertido US$100 millones en los Llanos Orientales y hoy cuentan con 13.000 hectáreas sembradas de maíz y soya”. Adiós a los morichales, adiós al ocarro, adiós al llanero de cotiza, adiós al topochero y al topocho. Adiós.

Para completar el cuadro y entenderlo: hoy hay ocho brigadas militares, unos 30.000 soldados, dos bases aéreas y tres fluviales en el llamado Teatro de Decisión —sur del Meta y norte de Caquetá—, donde se desarrollan las principales operaciones de la Task Force contra las guerrillas en el país.

 

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