Por: Mauricio García Villegas

Al menos gente honesta

¿QUÉ ES MÁS IMPORTANTE, TENER buenas leyes o tener buenos gobernantes? De esto discutían los griegos hace 25 siglos.

Aristóteles y en algunos escritos también Platón, defendían la idea de que lo esencial era tener buenas leyes. Su opinión terminó imponiéndose en el mundo occidental y la democracia constitucional es una manifestación de esa victoria.

Pero los dos opuestos de este debate —las leyes y las personas— no son excluyentes. El debate no es acerca de cuál es el que vale y cuál no; sino de cuál prima sobre el otro; siendo los dos muy importantes.

La experiencia de un país como Colombia, sometido a las organizaciones criminales más pavorosas y a la corrupción más pertinaz, muestra bien la necesidad de tener ambas cosas: buenas leyes y buenos gobernantes. De nada sirve lo uno si no se tiene lo otro. Más aún, en Colombia uno tiene la impresión de que es mejor no tener ninguno de los dos que tener sólo uno. Me explico.

Se dice que los criminales “están por fuera de la ley”. Pero esa expresión oscurece el hecho de que aquí las mafias consiguen mucho de lo que se proponen a través del uso y del abuso del derecho. Es cierto que tienen gente armada para defender sus intereses; pero, sobre todo, tienen abogados inescrupulosos, expertos en la letra menuda, en los procedimientos y en las formas legales. Allí, en esa maraña de incisos grises, los abogados encuentran la “salida legal” que sus clientes necesitan para continuar en lo suyo.

El caldo de cultivo de esa mafia son las instituciones débiles, no la ausencia de instituciones. La mafia estrangula al Estado, pero no lo mata. Por eso es más un parásito que un virus mortal. A través del aliento de vida que le queda, el Estado sólo consigue reproducir rutinas institucionales y formas jurídicas desprovistas de fuerza. Es en esa normalidad simbólica, aparente, donde la mafia encuentra su camuflaje y su alimento. Por eso digo, exagerando un poco tal vez, que tener buenas leyes con gobernantes deshonestos es peor que tener todo malo: porque esa apariencia de normalidad perpetúa la anormalidad.

En Colombia existen instituciones que funcionan más o menos bien, sobre todo en las grandes ciudades como Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla. Pero en buena parte del resto del país la mafia parasita al Estado. Eso no es del todo nuevo. Colombia siempre tuvo pueblos en donde el gamonal, el cura y el político eran más poderosos que el alcalde y que el juez. Seguimos en las mismas, sólo que los nombres y las profesiones de antes han sido reemplazadas por una mezcla de mafiosos, paramilitares y terratenientes.

Los poderes locales mafiosos no sólo capturan las instituciones locales sino que, a través de las elecciones parlamentarias, se apoderan del Estado central.

Es por esto que las elecciones de mañana domingo son tan importantes. De ellas depende que la cadena de transmisión mafiosa que va del municipio al Congreso se rompa o se refuerce.

En Colombia necesitamos tanto de los buenos gobernantes como de las buenas leyes. Más aún, yo diría que nuestro desafío de mañana no consiste tanto en escoger a los más preparados, a los más sabios, como decía Platón, sino simplemente a los honestos (que son los que respetan las leyes). En cualquier democracia, eso será contentarse con lo menos, pero en Colombia eso sólo sería ya un gran logro.

* Profesor de la Universidad Nacional e investigador de DeJuSticia

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