Por: María Elvira Bonilla

Al oído de Mr. Uribe

EL MIÉRCOLES PASADO SE REUNIEron más de 2.000 campesinos en Petaqueros, un cruce de caminos en los límites de los departamentos de Tolima y Caldas, en la vía Manizales-Bogotá.

Algunos llegaron solos, otros con sus familias y muchos jóvenes que venían en buses escalera desde veredas perdidas en Nariño (Antioquia), Samaná, Pensilvania, Manzanares, municipios del oriente de Caldas, una región tan rica en selvas, ríos y montañas como aislada por unas trochas carreteables donde con dificultad transitan vehículos distintos a los Jeep Willys o las chivas.  Los campesinos estaban alegres después de seis, ocho y hasta diez horas de camino en un periplo que para muchos había comenzado desde la madrugada anterior. No se trataba de nada distinto a un encuentro de vecinos, un convite, algo tan simple como poder disfrutar de un rato de esparcimiento, al que llegaron convocados por muchachos de la región que conforman la Legión del Afecto, un grupo de jóvenes que han logrado romper el cerco de la guerra y el miedo con música, baile, malabares y actos de solidaridad con los que a su vez se han ganado la confianza de sus comunidades.

No es fácil entender tanto entusiasmo por algo que aparentemente es tan poca cosa. Pero así es. Para quienes llevan, como estos campesinos del oriente de Antioquia y Caldas, larguísimos años de confinamiento en sus veredas,  poder tomar un bus y desplazarse con libertad y sin temores por parajes conocidos y queridos pero abandonados por cuenta de esta guerra absurda, significa mucho. Tanto, como la posibilidad de reencontrarse y conversar con vecinos, amigos y hasta parientes que durante años habían dejado de ver por la incomunicación y las dificultades para moverse. Campesinos aterrorizados y cercados por la crueldad del frente 47 de las Farc al mando de la comandante Karina —hoy en trance de convertirse en gestora de paz— y por el terror vengativo de los paramilitares liderados en la zona por Ramón Isaza en cabeza de El Gurre, quienes durante más de una década controlaron la región. Niños y muchachos que han crecido reducidos a los límites geográficos de sus veredas, porque la guerra en el campo colombiano es a otro precio y además de los muertos el aislamiento también pesa. Y mucho.

Campesinos que apenas están descubriendo el Estado a través de la presencia militar pero que quisieran conocerlo también de otra manera. Porque, como le dijo el presidente Obama al presidente Uribe en su visita a Washington, “las armas solas no bastan para derrotar a los enemigos del progreso”, y esto lo entienden mejor que nadie quienes han padecido el conflicto en carne propia y que aún no consiguen siquiera imaginar un futuro en tranquilidad y paz, con oportunidades y sueños. Una vida como la que se merece cualquier ser humano.

Llegó la hora para que quien tenga la responsabilidad de gobernar a Colombia entienda que no podemos seguirnos agotando en esta guerra inútil y costosísima, y que es el tiempo para sembrar esperanza de manera que momentos tan simples y bellos como el encuentro de Petaqueros dejen de ser ocasionales y vuelvan a formar parte de la azotada cotidianidad de la Colombia rural.

 

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