Por: Augusto Trujillo Muñoz

Al oído del señor presidente

Un viejo proverbio chino habla de tres cosas imposibles de recuperar: la flecha disparada, la palabra pronunciada y la oportunidad perdida. Lo recordé releyendo un capítulo del libro Por qué fracasan los países, de Acemoglu y Robinson. Ellos contestan apostándole a una fórmula: “Instituciones, instituciones, instituciones”.

Respuesta similar fue planteada por un editorial de El Espectador, la semana anterior (16/09/19): Si uno de cada tres municipios de Colombia está en riesgo de padecer violencia electoral, es porque las instituciones no están funcionando o, al menos, están funcionando deficitariamente. Eso no requiere examen teórico alguno, basta observar la tozuda realidad de los hechos.

Cualquier ciudadano, en cualquier lugar de la geografía nacional,  es consciente del problema. Pero los dirigentes más conspicuos del establecimiento, desde hace mucho tiempo, memorizaron otra respuesta: “El Estado está en capacidad de garantizar el orden y la plena vigencia de las instituciones”. Semejante dicotomía entre lo que muestran los hechos y lo que dicen los gobernantes resulta dramáticamente trágica.

“Si algún sector de la guerrilla no se acoge al proceso de paz, el Estado reaccionará con contundencia, para que les caiga a los delincuentes todo el peso de la ley”,   solían repetir el ministro del Interior y el presidente Santos. Los miembros del nuevo gobierno se expresan en el mismo sentido, mientras se observa crecer la violencia, la insensibilidad social, la inseguridad urbana, y no se ven paliativos que neutralicen la situación.

Durante la “década perdida” de los años 80, Colombia mantuvo a flote su economía, pero vio crecer la violencia. A pesar del narcotráfico, logró relegitimar sus instituciones y resembrar democracia, con su nueva Constitución Política. Quienes vivimos aquel proceso asistimos al nacimiento de un “nuevo país” en medio de la esperanza de los ciudadanos. Se respiraba un aire limpio, nuevo, transparente. Se sentía llegar la paz en un país que había sido violento, desigual, excluyente.

También se veía venir la democratización de las instituciones y su sintonía con las cambiantes realidades sociales. Pero el gobierno de turno resultó inferior al compromiso histórico y el país comenzó a descuadernarse. Hoy los colombianos viven, otra vez, en incertidumbre: en la política, en la economía, en la seguridad social, en la relación con Venezuela. No hay una sola idea fuerza que pueda movilizar a esta sociedad como ser colectivo. Y era eso lo que había logrado con creces el proceso constituyente del 91.

Me niego a creer que la Asamblea Constituyente haya arado en el mar y edificado en el viento. Pero debo aceptar que perdimos la oportunidad de alcanzar ese nuevo país que se nos insinuaba. Ahora hay que retirar el espejo retrovisor y avanzar en busca del tiempo perdido. Señor presidente: Sin su liderazgo es imposible.

@Inefable1

* Exsenador, profesor universitario.

880837

2019-09-13T00:00:33-05:00

column

2019-09-13T00:57:58-05:00

jrincon_1275

none

Al oído del señor presidente

30

3192

3222

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Augusto Trujillo Muñoz

Falacias y peligros

La gobernanza de Bogotá

Las músicas que somos

Ciudad musical

Complementariedad: un nuevo asalto