Por: Ana María Cano Posada

Al paso del temblor

EL PAISAJE COLOMBIANO ESTÁ SATUrado de vallas con números y caras parecidas; suena el eco de fanfarrias que se desvanecen en la enorme movilización de esfuerzos para capturar un electorado que está por verse.

Pero, a pesar de todo lo que hay que cambiar en este país, resulta más tentador el tema de la naturaleza en toda su apoteósica fuerza que logra colarse en los medios de comunicación, que casi nunca la buscan como protagonista, si no hay un desastre de por medio.

Lo que ha pasado en Chile tiene unas características inusitadas: los 8,8 del terremoto que ha tenido réplicas de 6 en magnitud desde hace más de una semana: que movió ocho centímetros el eje de rotación de la Tierra, redujo la duración del día, corrió las ciudades de Concepción, Santiago y la propia Buenos Aires varios centímetros, contiene el asombro que desconoce la rutina informativa. Ahora los tsunamis, los terremotos a partir del de Haití y los que han seguido al de Chile, en Turquía, las islas del Pacífico y Bolivia, atraen a los consumidores de medios que buscan señales en el cosmos, cuadraturas en la posición de los planetas, relaciones con el calentamiento global, claves en los Mayas porque ahora la certeza del progreso en la que se sembró la modernidad ha sido sacudida y despojada dejándola desnuda en su fragilidad. Primero con la crisis económica del capitalismo y después con esta muestra geológica de un planeta en pleno movimiento que resulta impredecible.

El cataclismo chileno tiene consecuencias incalculables para este país, que en América Latina había alcanzado su madurez política y económica, como también para los de su alrededor. En cuanto a sus viñedos, por ejemplo, una industria emblemática, el 70% de las bodegas está en zonas afectadas y el mundo sentirá esta baja en la exportación de sus vinos de alto consumo en este continente y en el europeo por la merma en su producción. Asimismo el efecto profundo en lo político, porque Chile, que pudo pasar de una dictadura de derecha a la izquierda mediante la democracia, ahora con el apacible cambio de gobierno entre Bachelet y Piñera tiene que replantear su política económica, que ya estaba al día en términos sociales, y devolverse a reconstruir el país.

Chile resultó afortunado no sólo en que fueran 497 los muertos por el terremoto y el tsunami (mientras en Haití alcanzaron los 230 mil) sino también en que se celebraba en ese momento el Congreso Internacional de la Lengua Española y agrupaba a escritores que permitieron al mundo conocer en palabras bien escogidas lo que pasó aquella madrugada. El relato de Yolanda Reyes, la escritora colombiana, mostró cómo puede reconstruirse aquel episodio en el que los humanos vuelven a sentir removida su condición porque todavía es cierto que el lenguaje es lo que resulta indemne ante tanta devastación.

Es la capacidad de expresar con precisión la que está convocada en esta cosecha de acontecimientos que necesitan dentro de los medios de comunicación más ayuda de científicos y de escritores para alcanzar la avidez de conocimiento existente sobre cuanto pasa en el planeta. No puede dejarse el registro a los videos aficionados, los mensajes instantáneos o los correos electrónicos. Estas circunstancias tienen que recoger recursos más calificados para dar cuenta de un movimiento que sacude la flojera y deja expuesta la necesidad de unos medios saciados de rutina informativa. Y a sus audiencias, que también.

 

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