Glifosato: el primer caso por muerte que admite la CIDH

hace 1 hora
Por: Esteban Carlos Mejía

¡Al patíbulo!

MUY TEMPRANO EN LA MAÑANA ME llama mi amiga Isabel Barragán. Su voz suena tórrida y coqueta.

Quiere que vaya con ella a la Secretaría de Movilidad de Medellín, dizque la ciudad más innovadora del mundo. “Oye, mujer, no soy tan romántico como para hacerme matar por amor”, le digo con franqueza. Pero voy, cómo no.
 
Damos vueltas y hasta perdemos dos horas y media en una fila agobiante y torpe, peor que un patíbulo, entre parceros de 20 años que ya no se tratan de ‘parce’ sino de ‘cucho’ o ‘cucha’. Respiro hondo y le pregunto qué está leyendo. “Lo que tú dijiste, Patíbulo, de Harold Kremer. De los Kremer de Buga, Valle.” Mete la mano al bolso y saca el libro. “Son catorce cuentos y un epílogo”, explica. “Cuentos de antes, ya clásicos por su picardía, y cuentos recientes, narrados con ironía, precisión y desfachatez”. Ojeo y hojeo las páginas. “Hablan de vainas importantes”, añade. “El amor y el sexo, la oscuridad, el engaño o la traición, los adioses, la violencia, la desolación. Kremer derrocha talento y oficio”. “¿Pasión y método?”, pregunto. “Tú lo has dicho. A veces me recuerda a Raymond Carver. Otras a Julio Cortázar o a John Cheever. Y muchas, muchísimas, a Rubem Fonseca. Sólo que en colombiano, fiel y leal a sí mismo y a sus obsesiones literarias.”
 
“Watch'n learn”, exclama a lo Rihanna y, de repente, se pone a leer en voz alta: “Juan y Eduardo ya habían perjudicado a Teresita, primero Eduardo y después Juan, y luego los dos al tiempo, y seguían perjudicándola cada vez que podían. A Teresita no le disgustaba para nada que la perjudicaran. Yo, en esa época, admiraba en secreto a los dos y me gustaba verlos desnudos cuando cogían a mi hermana en el patio. Ellos me pagaban por hacer de campanera, por si aparecía mamá, con un helado, o me dejaban mirar y, a veces, tocar sus vergas. En esa época yo tenía catorce años. Ellos decían que en poco tiempo me iban a enseñar a ser una mujer, pero yo quería que me enseñaran de una vez, sin esperar tanto tiempo.” “¿Huy, cucha, qué es eso tan aletiado?”, se alborotan los parceros. “Un cuento que se llama ‘El mago’”, replica Isabel, sin inmutarse. “¡Qué desparpajo!”, digo, atortolado yo también. “Y es más irreverente cuando narra hechos de violencia o se inventa fantasías de increíble certeza, un maestro de lo que permanece oculto aun después de ser dicho o nombrado.”
 
Pienso, entonces, en otros cuentistas colombianos, Roberto Rubiano, Julio Paredes, José Zuleta, Javier Saldarriaga, David Betancourt, Natalia Jiménez Cardozo, con la venia de los que no me acuerdo en ese momento. Me lee el pensamiento. “Tranquilo, cucho, no se me aletee”. Y, con una sonrisa hermosa y seductora, me regala Patíbulo, las crujientes ficciones del buen Harold Kremer.
 
Rabito de paja: “Yo leo todos los discursos del Papa, sus comentarios, y si sigue así, volveré a rezar y volveré a la Iglesia católica, y no lo digo por broma”. Raúl Castro, primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, 10 de mayo de 2015.
 
Rabillo: “Fuera de la naturaleza y de los hombres, no existe nada, y los seres superiores que nuestra imaginación religiosa ha forjado no son más que otros tantos reflejos fantásticos de nuestro propio ser.” Friedrich Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1888.

 

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