Por: Julio César Londoño

Al principio fue el nylon

Como la mitad de los objetos del mundo, la moda se diseña para el ojo, es verdad, pero debe pasar por el tacto.

Después de mirarlo, lo primero que hacemos con un textil es palparlo porque sabemos que las telas nos rozan siempre con su revés y, lo presentimos, serán tocadas en ciertos momentos por el haz. Por esto deben ser “bifaces”, táctilmente hablando.

Las pieles naturales han ido ganando estatus con los milenios. De antiguo traje de faena, pasaron a ser abrigo de mujeres muy caras. La marta, el zorrillo y el visón tienen la tersura del viento de las praderas, la calidez roja de la sangre y el vapor sagrado de las lágrimas de Brigitte Bardot.

El primer tejido de lujo fue la seda. “Fueron necesarios los imperios y las dinastías, las guerras y el comercio, la cruz y la medialuna (cuenta un poeta) para que una seda china llegara a manos de Virgilio y le inspirara un hexámetro”. El romano, primer cronista fashion de la historia, no tuvo que pensarlo dos veces para definirla para siempre: la seda es como el agua, dijo, y agotó el tema.

Como la seda era carísima, los ingleses inventaron una fibra maravillosa y económica, una “seda artificial”, el satín, a finales del siglo XIX. En realidad no era sintética sino una manufactura natural producida a partir de pulpa de madera, quizá por esto resultó una impostora perfecta, su brillo y textura soportaron todas las pruebas. Las faldas de satín tenían tanta “caída” y movimiento como las de seda, y usado en prendas interiores resultó no menos sensual y delicado. El satín no desentonó en los salones ni en las alcobas, y las mujeres lo adoraron. En adelante, se mantuvo codo a codo con la seda, el terciopelo, el chifón, el lino y el crepé.

Los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial acapararon todos los textiles y las mujeres tuvieron que volver a tejer. El tejido de punto hizo furor, remendar bien fue un arte y simular una obligación: las mujeres se dibujaban una línea vertical negra o marrón en la parte posterior de las piernas para aparentar que llevaban medias con vena, y nosotros las quisimos mucho más.

La primera fibra realmente sintética fue el nylon, una larguísima cadena de polímeros. Con nylon se hicieron primero cepillos de dientes en 1938, después medias baratas que no se arrugaban en los tobillos de las damas y luego cualquier cosa: a partir de los años 50 el mundo será irreversiblemente plástico: relojes, blusas, zapatos, bolígrafos, balas, autos, válvulas cardiacas, muñecas inflables... Desde los años 60 las artes visuales se llamarán artes plásticas, las mujeres fashion serán “chicas plásticas” y la “plasticidad” medirá la capacidad de respuesta del cerebro a los cambios del entorno externo e incluso a lesiones cerebrales.

Postulado uno: en términos de sustancias, la realidad es una mezcla de plásticos y silicio en proporciones caóticas.

La obsesión por la salud ha marcado hondamente la moda. El resultado son los textiles inteligentes, que suenan modernos pero son tan viejos como las telas impermeables, también hijas de la Segunda Guerra. En los 80 Versace y Miyake diseñaron sobre tejidos tecnológicos. Hay prendas térmicas que retienen el calor, hay otras que bloquean los rayos del sol, camisetas que proporcionan vitamina C al entrar en contacto con la piel, brasieres que prometen refrenar la sed de nicotina con aromaterapia (lavanda y jazmín), medias que hidratan las piernas con aloe vera, ropa deportiva que lleva el sudor al haz de la prenda para que el cuerpo respire y el aire circule, y ropa interior que responde con fragancias al menor síntoma de humedad del cliente...

Postulado dos: el diseño de modas es una suerte de geometría glamurosa de la que nunca supo nada Euclides.

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