Por: Luis I. Sandoval M.

“Al pueblo nunca le toca…”

“La democracia es el gobierno del pueblo, para el pueblo, por el pueblo” según el célebre aforismo debido a la sabiduría de Abraham Lincoln, Presidente republicano de los Estados Unidos a mediados del siglo XIX.

Pero cuando el pueblo -las mayorías populares, clases medias y bajas- efectivamente se une, toma la iniciativa política y se decide a gobernar, conducido por líderes que saben entender y expresar su sentir en un momento dado, entonces llueven rayos y centellas, y aparecen los pastorcitos mentirosos en los medios y redes gritando alarmados a los cuatro vientos que las instituciones están en peligro porque viene el lobo feroz del populismo.

La democracia moderna nace, así se ve claramente en la gran nación norteamericana, exaltando al pueblo pero temiéndole al mismo tiempo y, por tanto, controlándolo y restringiéndolo a marcos de acción muy limitados. “Limitar y encauzar el espíritu popular, que había campado por sus respetos desde 1776, era condición esencial para los propósitos de la nueva Constitución… El propio George Washington exhortaba a los delegados a no redactar un documento que ellos mismos no pudieran aprobar en su fuero interno, solamente por “complacer al pueblo”; Hamilton afirmaba que “las masas turbulentas y veleidosas raramente juzgan y deciden con rectitud” y aconsejaba la creación de un cuerpo de gobierno permanente para “controlar y moderar la imprudencia democrática” (Hofstadter, 1948).

Por ello no es extraño que cuando el pueblo asciende las élites tradicionales se rompan las vestiduras y traten de frenar por todos los medios, aún el de la muerte (tantas veces ha ocurrido), al osado líder, hombre o mujer, que figura al frente asumiendo el sentido de dos frases famosas consignadas en nuestros billetes naranja de mil pesos: “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, “el pueblo es superior a sus dirigentes”.

Las élites le temen al pueblo que levanta banderas de fraternidad y vida porque las que predominan de ordinario son las de codicia y muerte. Pero ingenuos no podemos ser a estas alturas, primeras décadas del siglo XXI, porque ahora mismo estamos viendo que así como hay populismos de derecha en Europa, América Latina y Colombia (Cristina de la Torre, 2005), también los hay de izquierda, en una gama muy variada, unos arrasadores de las instituciones republicanas y otros respetuosos de ellas. Notable que todas las izquierdas en Colombia, populistas o no, son republicanas.

Las experiencias de Portugal y Grecia y la primavera democrática vivida por América Latina durante casi cuatro lustros nos han enseñado que hay “multitudes progresistas”, pero a su vez el brexit inglés (junio 2016) y  el plebiscito colombiano (octubre 2016) nos enseñaron que hay “multitudes regresivas”. Otros países, tanto en el norte como en el sur, muestran impresionantes avances de multitudes de derecha, extrema derecha y aún neofascistas.

Las elecciones parlamentarias y consultas políticas que acaban de pasar y las concentraciones en plaza pública muestran que en esta coyuntura crítica vuelve a haber oportunidad para las multitudes progresistas como quizá no se presentaba desde Gaitán (fines de los 40) o Galán (fines de los 80). Hoy hay masas con la derecha conservadurista, tradicional o emergente, con líderes como Iván Duque, Martha Lucía Ramírez o Germán Vargas, pero también las hay, mayores, con líderes modernizadores, democratizadores y transparentes como Sergio Fajardo, Gustavo Petro o Humberto de la Calle.

Con una notable diferencia: que las multitudes y votantes conservaduristas obedecen primordialmente al poder de las maquinarias y el dinero, llegan fletados a los espacios públicos, mientras las multitudes y votantes progresistas representan un fenómeno inusitado de opinión, llegan porque sus líderes y lideresas interpretan su indignación y su anhelo de justicia, democracia y paz.

Álvaro Salom Becerra tendrá que volver para escribir otra novela: “Por fin le tocó al pueblo”, al pueblo pueblo, al que “se moviliza y vota porque quiere no porque le pagan”.

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