Por: Eduardo Barajas Sandoval

Al ritmo de Valls

Hay ministros que se apartan con ostentación de la línea aparente de su propio gobierno, y presidentes que lo permiten.

 Sería vergonzoso que los jefes de las carteras fuesen simples mandaderos del presidente de turno, pero lo mismo de penoso es que hagan lo que les parezca, como si no fuesen miembros de un equipo. Con el agravante de que los gestos de indisciplina de un equipo muestran la debilidad de quien debería coordinarlo y conducen a una sensación de desgobierno.

El arresto y posterior deportación hacia Kosovo de una gitana de quince años, arrancada a la fuerza de una excursión escolar, recibió el aplauso de cerca del noventa por ciento de los militantes de la derecha francesa y también de más del sesenta de los de la izquierda. El ministro socialista del interior, que tomó la decisión de expulsar a la niña, ha anunciado además su abierta oposición a la presencia de los gitanos en Francia, con el argumento de que su cultura es muy diferente de la francesa y no se quieren integrar a ella, de manera que la única solución al problema de su presencia en el país es la de ponerlos al otro lado de las fronteras.

Nacido en Barcelona e hijo del pintor Xavier Valls, el de los impecables bodegones, el Ministro Manuel Valls comienza a romper, de hecho, las líneas tradicionales de la izquierda francesa para incorporar a su discurso, y de paso al del gobierno socialista, postulados que hasta ahora habían pertenecido a la derecha. Por ese camino ha expedido circulares dirigidas a los prefectos con la orden de expulsar sin demora a las personas a quienes se les haya negado el derecho de asilo en Francia, y ha anunciado que no apoyará el ingreso de Rumania y Bulgaria al espacio Schengen.

Leonarda Dibrani fue a dar a Mitrovica con su familia, que tiene ahora que resolver disputas tradicionales que la habían ahuyentado del Kosovo. Entre tanto, en Francia, ante el escándalo que provocó el severo acto de autoridad hacia una niña que se encontraba de paseo con sus compañeros, el Primer Ministro entró en el escenario para ordenar una investigación que concluyó que se habían cumplido los procedimientos normales y que el padre de la niña no pudo recibir asilo porque había mentido.

Cuando el tema se volvió asunto público, en medio del clima crispado de las relaciones políticas y sociales al interior de la sociedad francesa, por culpa de una crisis económica para la que no ha encontrado salida evidente, apareció el Presidente Hollande y con aureola de magnanimidad invitó a Leonarda a regresar a Francia, eso sí sin la compañía de sus padres y hermanos. Oferta que la gitana elegantemente rechazó.

El cuadro es de un realismo digno de la tendencia figurativa del padre del Ministro del Interior. Pero dentro de él la figura más importante deja de ser la gitana para darle paso al hijo de Xavier, único político socialista que goza de popularidad, en medio de la debacle de un gobierno que no encuentra su norte, y de un presidente, hasta ahora errático, al que solo le cree el veintitrés porciento de los franceses.

El problema, para los socialistas, y también para la oposición, es que las actitudes y decisiones Antonio Valls se fundamentan en consideraciones que hasta ahora han pertenecido al discurso de la derecha. De manera que, al menos en apariencia, obra a costa de los valores tradicionales de la izquierda, cuyos sectores ancestrales reclaman por la salida en falso de un socialista que termina por apartarse de principios y actitudes más permisivas que, encima de todo, le dan enorme popularidad porque hacen que en su apoyo concurran ciudadanos de procedencia opuesta.

Mientras Hollande muestra más de lo mismo, es decir la astucia aparente de quien quiere quedar bien con todos, Valls, luego de recibir el aplauso de las mayorías, se limita a elogiar la magnanimidad del Presidente por un gesto que en realidad se queda a mitad de camino. Entretanto avanza por su propia ruta, gracias a su habilidad de acopiar apoyos alrededor de hechos concretos, y va marcando el paso de la vida política francesa, en lo que no tiene que ver con la recuperación económica sino en el terreno sensible de la vida cotidiana en materia de seguridad y defensa de la sensibilidad nacional.

Seguramente Valls quiere ser presidente, y las credenciales que va acumulando le auguran un porvenir floreciente. Solo que el capital político amasado le puede resultar por ahora insuficiente, porque en las circunstancias de la política francesa de hoy las palmas se las llevará quien sea capaz de proponer, y de llevar a la práctica, un proyecto que devuelva la confianza ciudadana en la economía, y que vaya más allá de las decisiones de disciplina que el Ministro del Interior quiere hacer valer.

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