Por: Gonzalo Silva Rivas

Al son del "porro"

La decisión del gobierno holandés de aplicar medidas restrictivas y discriminatorias al consumo autorizado de marihuana a turistas extranjeros, que empezó a implementarse en las provincias limítrofes con Bélgica y Alemania, si bien ensombrece los reconocidos logros de la liberal política antidrogas que caracteriza al país de los tulipanes, puede ser la oportunidad para replantear el desarrollo de su industria turística, sostenida más en el ejercicio de las libertades fundamentales que en sus múltiples atractivos.

Holanda es la nación más progresista del mundo, tradición que se remonta hace cientos de años cuando fue epicentro de asilo a perseguidos por la Inquisición y luego por los estados totalitarios; y hoy lidera una tolerante legislación para el consumo de drogas, la prostitución, el homosexualismo y los matrimonios del mismo sexo, seductor imán para los foráneos, especialmente interesados en viajes de amigos y despedidas de solteros.

Su política antidrogas es también la más avanzada existente hoy en día, enfocada en la prevención del consumo y en la reducción del daño, con resultados a todas luces exitosos, que lo colocan, sobre estadísticas fiables, en uno de los países con mejores resultados en salud pública, garantizados en buena parte por sus reducidas tasas de consumo, morbilidad y mortalidad en esta materia.

Desde 1976, Holanda ha sido para los extranjeros el paraíso de las drogas blandas con la creación de los “coffeeshops”, exclusivas cafeterías autorizadas para el consumo de bebidas no alcohólicas y marihuana expendida en porciones inferiores a 30 gramos. Esta permisividad, no aplicable a la posesión personal, que es penalizada como infracción, desató la creciente oleada del llamado “turismo del porro”, priorizado por europeos, estadounidenses y chinos. Sin embargo, el tráfico ilegal que afecta a los países vecinos, con legislaciones más rigurosas, y las presiones del gobierno conservador y de la ultraderecha holandesa, acaban de cerrarles a los turistas las puertas de estos locales, que deberán transformarse en clubes privados solo para los residentes legales, con membrecías limitadas.

La medida, cuya aplicación se extenderá a todo el territorio nacional el próximo año, afectará el elevado ingreso de visitantes por este concepto, pero motivará quizás el interés por el turismo tradicional, frenado por cuenta de las políticas liberales que tanto honran a Holanda, un evocador coctel de museos, arquitectura, cultura, flores, canales y bicicletas. Su industria turística tomará otro ritmo y dejará de bailar al son del “porro”.
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