Por: Luis Carvajal Basto

Alan García: el poder y la dignidad

Más allá de la pronta  actuación de la justicia peruana, al enjuiciar a varios ex presidentes, no puede descartarse su politización, lugar común en  las naciones latinoamericanas, de la que se declaró víctima el ex  presidente García. Su vida y muerte invitan a reflexionar, además, sobre el sentido del poder y la dignidad.

La vida de Alan García transcurrió en el duro fragor de la batalla política: dos periodos presidenciales que valieron una vida para una sólida convicción socialdemócrata con matices populistas. Las consignas fundacionales del APRA, su partido de siempre, se transformaron en su segundo periodo al acoger los inevitables cambios de la globalización con  sentido pragmático, a diferencia de otros pares latinoamericanos que decidieron añorar un imposible retorno al pasado. Pero García no modificó  sus principios, los  que  privilegió hasta su último día.

¿Una vida de luchas, de tantas altas y bajas, incluidos sus exilios, para terminar untado de corrupción? Quienes tuvimos el privilegio de conocerle podemos, tranquilos, dejar un testimonio: no se trataba de un ladrón si no de un luchador, advertido de su capacidad de convocatoria y poder de convicción. ¿Obsesionado por el poder? Puede ser. ¿Egocéntrico y mesiánico? Probablemente. ¿Ladrón? De ninguna manera. Luego de su primera presidencia, a pedido de sus competidores políticos, fue investigado más que a fondo. Nada.

Las indagaciones que motivaron la orden de detención provisional  estaban precedidas por el escándalo Odebrecht  y coimas, aun  no probadas en el momento de la orden de detención, que habría recibido quien fuera su secretario general. García respondió, luego de ver lo ocurrido con Toledo, Kuczynski, Fujimori etc. sin que pudieran incriminarlo a él: “¿Tanto les duele que haya un ex presidente que no robe?” se refería a sus enemigos políticos de “más de 30 años”. En la viudez del poder “Los enemigos son ruidosos y los amigos silenciosos” afirmó.

Se le acusó de recibir 100.000 dólares por una conferencia dictada en Brasil organizada por una entidad  vinculada a Odebrecht cuando ya no ejercía la presidencia. García, en su momento, la declaró, pagando al Estado peruano los impuestos respectivos. ¿Se vendió por 100.000 dólares y ante los ojos de todos? Eso nadie se lo cree, pero fue suficiente para abrir la investigación, diferente a una sentencia, por la que se emitió su orden de detención. Como referencia, Obama y   Tony Blair cobran 500.000 por charlas de 45 minutos, el último en Euros.

Muchos, entre ellos García, han imaginado, o idealizado, la política como la mejor manera de alcanzar sueños y metas para las comunidades que de otra manera no se lograrían; de lograr reconocimiento y ascendencia personal y profesional. Desafortunadamente, también para muchos, es la forma más expedita de enriquecimiento. Cuando la corrupción se incorpora a la cultura, como en Colombia, el problema es más grave, afectando  valores y referentes sociales y adquiriendo otra dimensión. Tal vez sea esa una gran diferencia entre la corrupción en Colombia y lo que ocurre en otros países pero no era el caso de García: apostó todo, incluido su prestigio histórico, su bien más preciado, a que no encontrarán bienes  ni cuentas bancarias a nombre suyo o de su familia.

La política tiene  reglas no escritas. Una de ellas me la enseñó un desaparecido expresidente de Colombia: “No gradúes enemigos porque después te ejercen” advertía. García tenía muchos enemigos, lo sabía y no le importaba, les menospreciaba: les dejó, despectivamente, su cadáver en su nota de despedida. También sabía que otra regla no escrita se refiere al desprestigio y linchamiento mediático convertidos en sistemática herramienta cotidiana, como advirtió en una entrevista un día antes de su muerte. “Calumnia que algo queda” sentenció Francis Bacon hace ya cuatro siglos. García conocía su poder multiplicador, mucho mayor en esta época de noticias falsas, verdades alternativas y redes.

Y ese era un precio que su sentido de dignidad, un valor cada vez más escaso en el mundo político, no estuvo dispuesto a pagar: “No lo entenderán; me interesa la historia y no la opinión inmediata y pequeña de quienes ahora vivimos”. Hasta siempre, querido presidente. Perdió su vida pero no su dignidad.

@herejesyluis

Posdata: fragmentos en su nota de despedida: “No hubo ni habrá cuentas, ni sobornos, ni riqueza. La historia tiene más valor que cualquier riqueza material. Nunca podrá haber precio suficiente para quebrar mi orgullo de aprista y de peruano. Por eso repetí: otros se venden, yo no.

Cumplido mi deber en mi política y en las obras hechas en favor del pueblo, alcanzadas las metas que otros países o gobiernos no han logrado, no tengo por qué aceptar vejámenes. He visto a otros desfilar esposados guardando su miserable existencia, pero Alan García no tiene por qué sufrir esas injusticias y circos.

Por eso, les dejo a mis hijos la dignidad de mis decisiones; a mis compañeros, una señal de orgullo. Y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios porque ya cumplí la misión que me impuse.

Que Dios, al que voy con dignidad, proteja a los de buen corazón y a los más humildes”.

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Alan García: el poder y la dignidad

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