Por: Santiago Montenegro

Alberto Lleras, otra vez

HAY QUIENES DICEN QUE LA ÚNICA lección que nos ha enseñado la historia es que los humanos jamás aprendemos sus lecciones. 

En el otro extremo, están los historicistas, como Hegel o Marx, que argumentaron haber descubierto supuestas leyes científicas de la historia que, eventualmente nos servirán para predecir el futuro de la sociedad. Personalmente, entiendo la historia en el sentido del llamado racionalismo crítico de Karl Popper o de acuerdo a Ortega y Gasset, quienes plantearon que la historia no tiene leyes que determinan su curso, pero que es posible aprender de los errores del pasado, para no repetirlos.   

Porque aprecio la historia, entonces, gozo con las celebraciones históricas. Este año ha estado, y va a estar, rico en conmemoraciones. En el mundo, ha habido multitud de eventos, edición de libros y películas recordando y analizando los estremecedores hechos de 1968.  Entre nosotros, se están realizando varios eventos, y habrá otros más, para conmemorar el centenario del natalicio de Carlos Lleras Restrepo. Sesenta años después de su asesinato, se han reeditado libros, se han celebrado seminarios y saldrá a la luz una ópera sobre Jorge Eliécer Gaitán.

En el segundo semestre, los economistas estaremos discutiendo sobre el medio siglo de existencia del Departamento Nacional de Planeación y del Centro de Estudios sobre el Desarrollo Económico, CEDE, de la Universidad de los Andes. Y, en su sexagésimo aniversario, los uniandinos esperamos con interés la historia de la Universidad de los Andes, escrita por el javeriano Gustavo Bell Lemus.

A pesar de que conmemoramos el centenario de su nacimiento en 2006, hoy quiero resaltar, otra vez, la memoria del ex presidente Alberto Lleras. Por dos motivos. Primero, porque este año se conmemoran cincuenta años del comienzo de su segunda presidencia.

Segundo, porque quienes apreciamos la historia de Colombia y la vida y obra del ex presidente, queremos agradecer y felicitar a José Alejandro Cortés y al Grupo Bolívar la publicación de las obras escogidas de Alberto Lleras. En cinco tomos, la selección la realizó Otto Morales y la muy cuidadosa y bellísima edición fue obra de Benjamín Villegas.  Leer a Alberto Lleras es un deleite porque, como dijo García Márquez, él fue un escritor extraviado en la política.

Además, en una tierra de muchos presidentes y políticos que fueron también gramáticos y escritores, Lleras fue, no sólo uno de los mejores, sino uno de los más cuidadosos y responsables en el uso del lenguaje. De hecho fue su herramienta su única herramienta para sus triunfos públicos.

Y los logró todos. Lleras ponderó las actuaciones de quienes fueron responsables, prudentes y exactos con el idioma y condenó muy severamente sus abusos. En un discurso en la SAC en 1945, sus palabras fueron premonitorias de la violencia que vendría después cuando advirtió: “La palabra imprudente del gobernante, o de la oposición, se vuelve un garrote en el villorrio, un duelo a machete en el camino rural”.

Releer a Lleras se torna imperativo cuando escuchamos el lenguaje agresivo, calumnioso y vulgar en boca del coronel que gobierna a Venezuela; cuando leemos la violencia verbal y agresividad de comentaristas anónimos a las columnas de opinión en las páginas de internet de los periódicos.

Y también, es menester decirlo, cuando escuchamos aumentar la mordacidad e intolerancia de varios dirigentes, de todos los partidos y movimientos políticos de Colombia. Alberto Lleras ponderó a los políticos que decían lo que pensaban. Pero, especialmente, a quienes pensaban lo que decían.

 

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