Albornoz y los 40 ladrones

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La semana pasada, el juez 37 penal de conocimiento, encargado de decidir si Carlos Albornoz, director de la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE) en el gobierno de Uribe, había cometido o no una serie de delitos relacionados con la indebida administración y venta de bienes incautados a la mafia, hizo importantes y sentidas manifestaciones de repudio contra la corrupción, que bien vale la pena no solo recordar sino enmarcar y grabar de forma eterna en la mente de todos los colombianos.

El juez —del cual ahora soy hincha furibundo—, al tiempo que afirmaba que la DNE se había convertido en una cueva de bribones contra el patrimonio público, le dijo al encopetado exdirector, de viva voz y en plena lectura virtual de su sentencia: “Señor Albornoz, usted, de forma indecorosa, indecente, dispuso de bienes del Estado. Allá afuera hay miles de ciudadanos que sufren día a día buscando el pan para sus hijos y usted creyó que llegaba a un cargo público a hacerse rico”. Lo anterior, para cualquiera que haya dedicado buena parte de su vida a combatir con determinación la corrupción pública y privada, es sencillamente música celestial.

Y, claro, no es para menos. El corrupto Carlos Albornoz, exsenador conservador muy cercano a Andrés Felipe Arias —fue su gerente de campaña en la consulta presidencial del Partido Conservador hace una década—, estaba acusado de todo tipo de delitos: ocho en total, que obviamente implican un repaso por todo el Código Penal —como de preparatorio—, pues van desde falsedad en documento público y privado hasta concierto para delinquir y prevaricato, pasando obviamente por el más apetecido de todos: el peculado por apropiación (robo, dirían en la Caracas).

Es decir, Albornoz y los 40 ladrones hicieron “ochas y panochas” en la DNE. Sí, óigase bien: “ochas y panochas”. Eso fue lo que les quiso decir el juez cuando, en palabras más elegantes pero no menos contundentes, manifestó: “Esa entidad era una guarida de ladrones, se burlaron de los intereses del Estado y se apropiaron de miles de millones de pesos”.

Es la triste historia de la corrupción en nuestro país. En cada gobierno, por una u otra razón, terminan llegando a las entidades públicas, a muchas ellas —el nombre es lo de menos—, un Alí Babá y una jauría de ladrones acompañándolo, cuya misión no es otra que saquear las entidades, robárselo todo y al final evitar al máximo que los condenen por algún delito, lo que casi termina ocurriendo con el caso de Carlos Albornoz, en el que, por dilaciones imputables a sus abogados e incluso a la propia Fiscalía, terminaron prescribiendo varios delitos, aunque este juez, por fortuna, evitó la consumación de la prescripción en cuatro de ellos.

Es realmente gratificante oír sentencias como la que le profirió el juez 37 penal de conocimiento al corrupto Carlos Albornoz, pues los pillos como él deben tener muy claro que, todavía, una parte importante de esta sociedad se resiste a dejar ganar a los corruptos y aborrece la forma en que se roban los dineros de todos los colombianos.

Este caso, que hace una década se advertía como el escándalo del siglo, terminó en unas pocas condenas, pues varios de los pesos gordos de este saqueo, fundamentalmente políticos conservadores que se habían apropiado de la DNE, lograron escabullirse. Pero bueno, nos queda, eso sí, rendirle tributo a una sentencia, sentida y dolida, proferida por un juez que, según se le oye, pretendió personificar la indignación nacional que produce la corrupción.

Lástima que no todos los ladrones socios de este Alí Babá resultaron condenados, pero sin duda es necesario rescatar y evidenciar que aquí hubo una valiente sentencia judicial y, detrás de ella, un excelente juez, vocero de esta dolida sociedad.

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