Alcurnia y superstición de un nombre

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El nombre del coronavirus no es cualquier nombre. Tiene su heráldica y su numerología. Es recóndito, conectado con poderes sobrehumanos, guarda fechas que harían bailar a Nostradamus. Pese a que en pocos meses se apoderó del planeta, mucha gente ignora su alcurnia.

Hay quienes dicen que no es bueno proclamarlo, pues su sola mención le daría vida. Es decir, muerte, contagio letal para millones. Otros opinan que conviene escudriñar su estirpe, cogerlo de las solapas y no dejarlo escapar ni incrustarse en los vericuetos del cerebro.

Más de dos siglos atrás, un astrónomo español observaba un eclipse solar. Notó que en el momento de penumbra plena un halo de filamentos de luz rodea el círculo exacto del astro. Lo llamó corona. Tal vez tenía fresca la autocoronación de Napoleón I ante el papa Pío VII. El emperador francés campeaba entonces por los campos españoles.

Tras un brinco en la historia, en el año de la revolución juvenil, el mayo francés y la matanza de Tlatelolco, 1968, la ciencia descubrió un nuevo tipo de virus. Observado en el microscopio, se compone de un núcleo con extensiones a su alrededor, parecidas a la corona solar. Así nació el nombre de coronavirus. Nada que ver con las coronas de reyes.

Llegamos al presente. El 31 de diciembre de 2019 la Organización Mundial de la Salud es informada de la aparición en Wuhan, China, de un bicho que se ajusta a la categoría taxonómica de coronavirus. Quedó matriculado como 19, a pesar de encajar en el empalme puntual con el año 20, temporada en que despliega su iniquidad. ¿Error minúsculo en el cálculo de los cabalistas?

Flotaban en el ambiente miles de almas de cerdos sacrificados en el mundo cuando a una fiebre se la rotuló como porcina. Para no estigmatizar a ningún país, región, animal o grupo de personas, el 11 de febrero pasado la OMS bautizó el trastorno propagado como COVID-19. El nombre recoge las dos primeras letras del vocablo compuesto corona-virus, más la inicial de disease, enfermedad en inglés.

De manera que la toxina que hoy abruma al mundo es prácticamente sobrenatural. Su nombre la delata: tiene parentesco con el sol, el astro cumbre, adorado como deidad por una sucesión ininterrumpida de civilizaciones. La corona que rodea a la megaestrella, y que designa al virus, surge de este turbulento reactor de fusión nuclear y por eso vale más que las del tropel de reyes de la historia, Napoleón incluido.

Del hongo atentamente reventado sobre Hiroshima hace 75 años, se dijo: ¡La bomba atómica es dios! ¿Qué se podrá predicar, entonces, del sol cuya energía arrojada sobre la Tierra es 5.000 veces mayor que la que necesita el planeta? Esta es la estirpe, pues, de donde toma su título el coronavirus.

Súmese a esto que sus abuelos fueron descubiertos en el legendario año 68 del XX, cuando mujeres, jóvenes, negros, opositores a la guerra de Vietnam y cantores del primitivo rock voltearon el eje mental sobre el que giró por siglos el globo. Y que su reconocimiento universal se dio en el purísimo acoplamiento de año nuevo, entre 2019 y 2020.

arturoguerreror@gmail.com

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