Por: Luis Carlos Vélez

Alejandro Nieto: el mago de la radio

Se fue ayer por la mañana. Es prácticamente imposible creerlo, sobretodo cuando tan solo el viernes por la noche habíamos compartido tanto. Estaba lleno de planes.

Llevaba pocos días en Miami y estaba listo para su nuevo reto en Univisión Radio. Alejo, siempre de palabra fácil e ideas claras, tenía como costumbre hacer ver lo imposible como algo extremadamente sencillo. Aunque su objetivo era revolucionar la radio hispana en Estados Unidos, la manera en que expuso su camino para lograrlo hacía ver el proceso ligero y hasta obvio.
Comimos mexicano y lo acompañamos de tequila. Mostró fotos de sus hijas y el nuevo miembro de la famila, un perrito que más parecía un osito de peluche. Era su manera de compensar a las niñas de casa, el esfuerzo de otro trasteo intercontinental persiguiendo sus sueños que rápidamente pasaban a éxitos.

Nieto Molina era enorme. Nos fuimos caminando hasta el apartamento temporal que le habían asignado en la ciudad del sol. A su lado siempre fui chiquito, en todo sentido, pero cuando se paraba junto a mí para desplazarse, todas mis carencias se evidenciaban aún más.

A Alejo le debo mi primera oportunidad en los medios. Recuerdo cuando lo vi por primera vez. Sentado en la consola de La Mega de RCN. Fue su proyecto de grado y luego, una vez montada, su director. Yo, que aún estaba en la universidad, fui a pedirle una oportunidad para trabajar. Y me la dio. Así empecé a hacer turnos los fines de semana de 6 de la mañana a 12 del día. Ponía música y cada 60 minutos podía decir la hora “Las Gatas”. Así, un día llegó mi primera gran oportunidad. Tenía que darle cambio a un remoto cada hora. Me preparé, pero cuando el bombillo se puso en rojo para ir al aire, me petrifiqué. Segundos después sonó el teléfono. Era Alejo para darme el primero de tantos consejos que escuché de su extraordinaria voz: “respira primero, y luego habla cómo si le estuvieras hablando a tu madre”. Él siempre tenía la formula para hacer que las cosas difíciles se vieran fáciles. Esa misma que tiene Tiger Woods cuando le pega a la pelota diminuta con un infinitamente largo palo de golf. Se ve tan fácil, pero en realidad es muy complicado llegar a tal precisión.

Cuando pasó a Caracol Radio le perdí el rastro. Él andaba en lo suyo en Bogotá y en Miami, mientras que yo ponía en práctica sus consejos en Atlanta y Nueva York. Luego conectamos en Madrid durante una semana fantástica. Entonces Alejo ya le había dado la vuelta a la Cadena Ser demostrando que sí es posible meter al genio de los deseos y lo imposible dos veces en dos botellas diferentes. Habían sido años duros de recortes de personal, ajustes financieros, y luchas contra los egos. Sin embargo, él ya era lo que para siempre será: el gran transformador de la radio hispana.

Alejo hablaba maravillas de su familia. Amaba a su Marce y estaba enormemente agradecido con ella. Era de esos esposos que mantiene presente a su princesa, en este caso costeña, frase de por medio. También me contó que sus hijas, cada una a su manera, llevan mucho de él y afortunadamente más de su madre.

Nieto Molina, hijo de otro monstruo de la radio, Julio Nieto Bernal lo había logrado todo como ejecutivo y lo mejor, estaba a punto de romper otro techo sin comparación, el de conquistar el esquivo mercado hispano de la Unión Americana. Sin embargo, el viernes, con nostalgia, y tal vez producto de los tequilas y el gin, reconoció algo que siempre sospeché pero nunca se lo había oído decir. Estaba dispuesto a cambiar su reino administrativo y poderoso, por volver a contar historias en la radio. Sentarse en la cabina, para conducir un programa matutino, era realmente su obsesión. Pero ese talento creativo que Dios le dio, lo alejó de los micrófonos para poner orden y generar éxito en las casas radiales que lo acogieron. La industria ganó un genio, pero los oyentes perdieron un lucero.

Hasta la última vez que lo vi, hace tan solo dos noches, su búsqueda por la perfección fue evidente. Siempre quería lo mejor. Pidió un Gin Tonic y lo devolvió por la tónica que le pusieron. Llamamos al Gerente del lugar y le sugerimos comprar otra marca. El accedió. Alejo tenía razón, con su ligero cambio y observación, no solo el trago mejoró si no que esa noche se hizo infinitamente mejor.

 

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