Por: Alfredo Molano Bravo

¡Aleluya!

FUE UNA EXPLOSIÓN LARGAMENTE esperada: daban ganas de correr, de subirse a los árboles, de gritar: Después de 58 años del más brutal aislamiento, Cuba volvía a sacar la cabeza al aire.

Años de dignidad y de valor, años heroicos. La fe incondicional en la justicia de una causa permitió al pueblo de Cuba no doblegarse ante la soberbia de EE.UU., que consideraba, por ley natural, que la isla hacía parte de su territorio. Independizada de España, Cuba debía caer –y cayó– en manos norteamericanas: estaba tan cerca y es tan linda. Se caía de su peso que fuera, como Puerto Rico, estado asociado, una simple colonia. Cuba fue la última posesión española en América, como hoy es la nación que cierra el libro de la Guerra Fría. Durante otro medio siglo, Cuba estuvo sometida a la más brutal y abyecta explotación económica norteamericana.

Toda el azúcar, todo el tabaco, todas las mujeres, todas las palmeras les pertenecían a tres empresas y a dos gánsters. Hay que ver hoy el barrio de El Laguito en La Habana para entender cómo vivían los reyes del azúcar y de la pistola: hay que visitar los barrios de la bahía para entender cómo vivían los estibadores.

O los trabajadores de la zafra en Matanzas. Pero no fueron sólo esas diferencias las que empujaron al puñado de muchachos a tomarse el Cuartel Moncada y luego la Sierra Maestra. Fue también, y sobre todo, un sentimiento de justicia universal lo que los llevó a tomar las armas. Un sueño, una utopía que a ratos se disfrazaba de ideología, pero era, ante todo, una posición de principio de moral objetiva lo que llevó al pueblo de Cuba a no doblegarse frente a la más formidable y poderosa máquina de poder de la historia. Nosotros, los de la generación que llegó a la política en los años 60, participamos de ese sueño y levantamos indignados el puño izquierdo al cielo, y tratamos de tomarnos el país a piedra; después, cuando la piedra fue derrotada, a plomo, Cuba fue nuestro estandarte, nuestro libro abierto, nuestra sangre que se derramó –y se derrama– por la misma causa.

La causa de América mestiza. Cincuenta años de bloqueo, de agresiones sistemáticas, de amenazas persistentes no doblegaron la voluntad de Cuba de hacer respetar las 90 millas de independencia que la separan de su gigantesco vecino. Voluntad que volvió a mostrar con todo vigor cuando en los años 90 se derrumbó por el peso de su misma corrompida burocracia la Unión Soviética y Cuba quedó de nuevo solitaria como la estrella de su bandera. Estrella que no pudo ser agregada a las 50 existentes en la bandera norteamericana ni ser una de las puntas de la estrella soviética. Cuba mostró toda su fuerza moral durante los años de necesidad del llamado “período especial”. Terminada la Guerra Fría, lo que quedaba era la pura soberbia imperial. La misma que ha llevado la guerra y el dolor allí donde se puede originar un leve asomo de autonomía y dignidad.

Hay que reconocer que en EE.UU. no todos los ciudadanos bailan al son del águila imperial, que también hay pueblo que sufre bajo sus garras: los jóvenes negros asesinados a tiros por la Policía como Michael Brown en Ferguson, Missouri; Eric Garner en Staten Island, Nueva York; Ezell Ford en Los Ángeles; los bebés que nacen gordos vivirán gordos toda su vida y terminarán levantados por una grúa para ser enterrados; los soldados que regresan a sus casas empacados en bolsas de plástico negras; los miles y miles de latinos que se parten el espinazo recogiendo fresas en California o lavando platos en Chicago; los dos millones de presos que no ven la luz del sol sino de vez en cuando, o los millones y millones de seres humanos engrampados en la gran trampa del consumo que morirán confundiendo su hogar con el mall de su barrio. Todo ese pueblo puso su cuota en la decisión de Obama, que en su último cuarto de hora sacó a relucir sus raíces con la política en favor de los migrantes y con el restablecimiento de relaciones con Cuba. Otorgó la gracia de libertad a cuatro patriotas cubanos acusados de espionaje y los cubanos dejaron libre al empresario acusado también de espionaje. La penúltima página del tenebroso libro de la Guerra Fría.

El paso que Obama y Raúl han dado tendrá las mismas dificultades y los mismos enemigos que los pasos que están dando Santos y Timochenko. Allá también tienen su Uribe y aquí nuestros Bush. Pero, sin duda, la apertura —en la que mucho tiene que ver el Papa— es un nuevo aire para los acuerdos de paz en La Habana, digamos una tranca para que no se resbalen hacia atrás. Obama puede —porque la Constitución redactada por los Founding Fathers lo permite— tener un gesto de grandeza y de apoyo decisivo a la paz si también suelta a Simón Trinidad, condenado a vivir preso dos vidas bajo tierra en una cárcel de Colorado. No sería sólo un gesto, sería un sello. La última página del sangriento libro de la Guerra Fría. No nos digamos mentiras: la paz en Colombia depende de EE.UU., así como la guerra dependió de Washington.

 

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