Por: Lisandro Duque Naranjo

‘Alfonso Cano’ (2ª parte)

EN MI PASADA COLUMNA SOBRE EL actual comandante de las Farc, dije que no volví a verlo desde un mediodía de 1982 en el que nos encontramos por azar en una cafetería y conversamos sobre temas triviales.

La siguiente comunicación fue a través de una carta suya, en el 90, en la que barajó recuerdos de cuando éramos otros, en la Universidad. Y en la que, apiadándose de un antiguo pánico mío al avión, que él tenía muy presente, me propuso irme en bus hasta un pueblo remoto donde alguien me proveería de un caballo que en cuestión de varias jornadas nos permitiría encontrarnos en La Uribe.

Motivo de la invitación: hablar de nuestras vidas y botar corriente sobre cómo arreglar el mundo. Él ignoraba que para entonces yo le había perdido el miedo a volar, pero le había cogido un terror invencible a los caballos, pues ese mismo año, por dármelas de jinete, el animal sobre el que cabalgaba metió su pata delantera en un hormiguero y, frenando en seco, me botó a tres metros por encima de sus orejas, causándome la fractura de la mano derecha. Luego dio una vuelta con sus patas al aire cayéndome al lado con sus 500 kilos.

De chiripa nos escapamos, yo de ser aplastado, y la bestia de hacerse daño, pues en cosa de segundos se levantó provocando un estrépito de estribos y relinchos. Desde entonces, cada que veo un caballo se me derrama el tinto que llevo en las manos.

¿De qué hubiéramos hablado Alfonso Cano y el suscrito? Supongo que el ponernos al día hubiera incluido referirnos a cuanto acababa de ocurrir en el 89 en Europa, cuando un socialismo construido en 73 años se derrumbó en 9 meses. Me quedé, pues, sin saber qué pensaba mi imposible anfitrión respecto a esos hechos que obligaron a su organización a replantearse sus métodos y sus pronósticos.

 Lo que sí supe, fue parte de lo que le ocurrió un poco después de no haberlo visitado, y que le generó responsabilidades inesperadas: Jacobo Arenas, su mentor, murió en agosto del 90, delegándole tácitamente sus funciones de ideólogo de las Farc. En diciembre de ese año, el presidente Gaviria le bombardeó a esa organización su sede en La Uribe, reverdeciéndole esa desconfianza ancestral que cristalizó en las rupturas de las conversaciones de Caracas, en el 91, y de Tlaxcala, en el 92, lugares en los que Cano fue un duro negociador del grupo insurgente.

 A  Cano, el destino lo ha sometido a grandes presiones y decisiones sobre la marcha. Me salto varios momentos de su trayectoria y me instalo en el actual, cuando lo agarró a quemarropa la designación como sustituto del desaparecido Marulanda, en medio de otras pérdidas para él dramáticas de hombres imprescindibles: Raúl Reyes e Iván Ríos. Y cuando se rumora por fotos que Jojoy anda grave. Pero además, mientras el Gobierno informa que a él mismo le respiran en la nuca siete mil soldados en el Páramo de Las Hermosas.

Quién sabe si ante estas circunstancias, Alfonso Cano hará valer más su condición de guerrero que la de hombre de la política. Parecería que, sin prescindir de la primera, pues el acoso es fuerte, le está dando fluidez a esta última, si nos atenemos a lo anunciado esta semana por Luis Eladio Pérez y Carlos Lozano, en el sentido de que ya caminan hacia su libertad cuatro secuestrados civiles de las Farc, entre ellos posiblemente Íngrid.

 Semejante decisión, en medio de las adversidades que impone un cerco tecnológico casi invencible en las comunicaciones que además él sabe no terminará sólo porque libere cautivos unilateralmente, hacen calcular que el antiguo estudiante de Antropología ha comenzado a desempeñar su jefatura con un estilo propio, lo que es un buen augurio.

 * Cineasta y profesor de las universidades Central y Nacional.

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