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Alfredo

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Guillermo Tell entró con su calabaza de plástico. Sentada en el piso de la funeraria, una princesa de cuatro años y vestido azul abría sus dulces como quien abre un milagro.

Era la noche del 31 de octubre. A dos cuadras marchaban los estudiantes y en el salón, entre cirios y flores blancas, la muerte ocupaba su lugar.

Llegaron intelectuales con lágrimas lentas, abrazos de distintas texturas, excombatientes matriculados con la paz, embajadores, poetas y periodistas. Casi todos tan políticamente incorrectos, tan tristes por la oquedad, que al verlos uno sentía que este país nuestro no se va a dejar robar la esperanza.

La denuncia, la rebeldía vuelta letras y los caminos profundos quedaron llenos de vacío: Alfredo Molano Bravo había muerto. Al menos eso dijeron médica y oficialmente, pero quienes conocieron al caminante que arriesgó su vida buscando la verdad saben que a hombres como Alfredo nunca se les apaga el corazón.

Él llevaba el horizonte por dentro; tenía la piel cuarteada por el sol, por el dolor de país y el viento de sus trochas; miraba la tristeza como viniendo de ella, y empezó a construir paz a partir del silencio y de su capacidad de pasar horas inatajables oyendo las historias de tantos campesinos que él rescató del olvido. Tejió largas y genuinas conversaciones con los guerrilleros; aprendió de viejos sabios analfabetas, de las manos que aran la tierra y de los valientes anónimos y cotidianos, que huelen a leña, a lluvia y a selva. Fue cercano de los más lejanos y lejano de los métodos convencionales, de las academias formales, los homenajes y los aplausos de cartón.

A lomo de mula y caminando con sus tenis rojos y su morral, recorrió las entrañas de la guerra, el campo recóndito lleno de ríos, de llanuras y abismos. Rescataba historias entre las cenizas de la violencia y luego les prestaba sus palabras y su alma abierta, para que Colombia se acordara siempre de los hijos de la tierra, del dolor de las matanzas, del eco y el silencio.

Hizo suyas las voces de indígenas, campesinos, de huérfanos de padres y país; se convirtió en la memoria y en la rebeldía de tantas verdades que le contaron, desde el primer incendio hasta el último miedo propio o ajeno. Por eso todo en su vida —todo— dejó huella.

Cierro los ojos y siento la dulzaina de su amigo, el amor de la pequeña gran Antonia y un abrazo capaz de salvarlo a uno de cualquier imposible: el abrazo infinito de Pacho de Roux, uno de esos pocos hombres-milagro que, sin palabras, lo cubren a uno de ternura y valor. El viernes en la Comisión de la Verdad y el sábado en la capilla de la Universidad Nacional, tácitos y explícitos, nos comprometimos a no fallarle a Alfredo. A no fallarles a la paz, a los tristes, a los niños, al derecho y el deber de contar, oír y sentir la verdad.

El 15 de noviembre varias ciudades del mundo se unirán para pedir por la paz de Colombia; exigirán que se cumpla lo pactado, se proteja la vida y uno se muera de viejo y no de plomo. El 15 de noviembre, en un idioma sin fronteras, dos hemisferios acercados por Defendamos la Paz pedirán prestados la complicidad del sol y la luna, los tenis y la sabia rebeldía de Alfredo. Entre el cielo y la tierra, en solidaridad y resistencia, nuestras voces exigirán que en Colombia se respeten la verdad, la paz y la vida. Nos lo debemos, y lo vamos a lograr.

ariasgloria@hotmail.com

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