Alfredo Molano: huella perenne

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La vida me dio la oportunidad de tener alguna cercanía con Alfredo de la Cruz Molano Bravo (mayo 3, 1944 - octubre 31, 2019). Lo vi por última vez en agosto, menos de 90 días antes de su fallecimiento, en reunión de amigos que tuvo lugar en Usaquén con ocasión del cumpleaños 82 de Francisco Leal Buitrago.

Por cierto que el libro autobiográfico de Pacho —Al paso del tiempo: mis vivencias— tiene como introducción seis deliciosas y densas páginas —ricas en historia, sociología, política y amistad— escritas por Alfredo.

Amanda Londoño González, quien sería más adelante mi esposa, funcionaria del Ministerio de Agricultura y del Incora, participante en el entusiasta grupo promotor de la ANUC (Asociación Nacional de Usuarios Campesinos), había tratado a Alfredo a finales de los 60 cuando un número inestable de personas encontraban, por un par de horas sabatinas, al joven y bohemio maestro Estanislao Zuleta para estudiar autores claves y luego tomarse unos aguardientes.

¿Qué significó Estanislao Zuleta en su vida? Alfredo Molano: “Él fue mi verdadero profesor. Con él estudié a profundidad El Capital. Esa fue una lectura seria, contrastada con la edición alemana. Con Zuleta trabajé de manera sistemática las obras de Marx, Nietzsche, Freud, Dostoievski, Mozart, Wagner, porque él era un hombre del Renacimiento: integral, completo. Nos reuníamos rigurosamente todos los sábados desde la siete de la mañana en su casa. Éramos como 20 personas. Desayunábamos y por ahí a las diez nos tomábamos el primer trago, terminábamos borrachos a las cinco de la tarde. Zuleta mientras más borracho estaba más lúcido era. Era un seductor intelectual la cosa más berraca, con el atractivo adicional de haber sido guerrillero en el Sumapaz junto a Juan de la Cruz Varela”.

Recuerdo haber encontrado a Molano a fines de los 70 y comienzos de los 80 en el Proyecto Holanda Colombia, Ministerio de Educación, en el cual era consultor en temas de colonización.

Ese proyecto buscaba diseñar un modelo educativo propio del oriente colombiano, distinto al de la región andina, a fin de terminar la educación contratada con las misiones de la Iglesia católica y desarrollar una política educativa propia del Estado. El origen estaba en los decretos del presidente Alfonso López Michelsen inspirados en el enfoque de etnodesarrollo y encuentro de culturas del antropólogo Martin von Hildebrand.

Todo fue bien en el Proyecto Holanda Colombia hasta que se atravesaron varias dificultades insuperables, entre ellas el hecho de que el obispo de Leticia, Marceliano Eduardo Canyes Santacana, OFM, antiguo oficial del ejército de Francisco Franco durante la guerra civil española (1936-1939), levantó la peregrina tesis de que los comunistas se estaban metiendo a los territorios nacionales. Comunistas eran, según él, los integrantes del equipo del proyecto: Alejandro Reyes, Augusto Ángel Maya, Elías Sevilla, María Eugenia Romero, Horacio Calle, François Correa, Gloria Helena Henao, Camilo Domínguez, Carlos Buriticá, Luis Alberto Alfonso, Gabriel Rodríguez, Luis Sandoval, Alfredo Molano, entre otros… Éramos 26.

Durante años leí con fruición y gran utilidad los libros de Alfredo y muchos de sus artículos en El Espectador, antes en las revistas Alternativa y Semana. En algún momento, posiblemente del año 2000, Augusto Ramírez Ocampo, ministro de Desarrollo de Andrés Pastrana y encargado de entenderse con los movimientos ciudadanos de paz durante el proceso del Caguán, en una reunión preguntó: “¿Quién es amigo de Alfredo Molano, quién puede sugerirle que deje la sociología y se dedique solo a la literatura? Tendríamos —remató— otro escritor de la talla de García Márquez”. Aún está por estudiarse y exaltarse el valor literario de la obra de Alfredo, plasmada en 27 libros, el último, sus Cartas a Antonia, y centenares de artículos en muy diferentes medios.

Volví a verlo en Barcelona en la primavera de 2001 para un largo desayuno sobre pequeños y grandes aconteceres de Macondo; en Buenos Aires, noviembre de 2018, con ocasión del Foro Mundial de Pensamiento Crítico, donde Molano habló en un panel junto al nobel de Paz Adolfo Pérez Esquivel; varias veces en La Macarena, el Village bogotano, y por supuesto en intervenciones suyas, muy vivenciales, muy críticas, en la Universidad Nacional y en otros foros y reuniones.

Un importante legado de Molano es la idea de las reservas campesinas (retomando la figura de las colonias campesinas de los años 20) que José Antonio Ocampo, ministro de Agricultura en el tramo final del gobierno de César Gaviria, recogió, como él lo ha narrado, de labios de Alfredo y plasmó en la Ley 160 del 3 de agosto de 1994, ley muy completa sobre el Sistema Nacional de Reforma Agraria y Desarrollo Rural Campesino. Infortunadamente engavetada e incumplida, ¡como cosa rara! Para el campesinado colombiano, y para expertos como el profesor Darío Fajardo, la idea de las reservas sigue teniendo plena vigencia. El tema es recurrente en escritos e intervenciones de Alfredo.

Con frecuencia, en los tiempos más recientes, gentes del Polo Democrático y de otros círculos alternativos, como Gustavo Petro, Clara López, Carlos Gaviria, Daniel García-Peña, otros y otras… nos preguntábamos qué podría pensar Molano de esto o aquello y alguien lo llamaba a La Calera para luego, algunas veces, verlo en La Macarena, podía ser en Andante, Ázimos o Luvina.

Gladys Jimeno, esposa de Alfredo, nos facilitaba a menudo los encuentros o conversaciones telefónicas. Ella fue, en segundo matrimonio, inteligente y amorosa inspiradora y administradora de la grandeza de Alfredo Molano. Su primera esposa, gran compañera, la abuela de Antonia, amiga toda la vida, fue Martha Arenas.

Molano impresionaba por su aire tristón y pensativo, pero siempre abierto, amable y dispuesto a escuchar y preguntar; por su criticidad fundada en hechos y situaciones palpadas directamente por él en terreno; por el fondo sólido de sus análisis y por la forma austeramente hermosa y sentida de contar cosas terribles o complejas referidas a la Colombia profunda.

Por supuesto, Molano fue dejando en mí una huella que ahora percibo y reconozco sin mayor dificultad, con gratitud y admiración. Al hombre de tenis y mochila, con una nariz a manera de quilla, yo y quizá muchas personas le debemos alguna comprensión de los porqués, los cómos, los cuándos y los dóndes del campesino, del colono, del llanero, de las comunidades étnicas y raizales.

Pero lo más impresionante y admirable es la huella de Molano en el cuerpo y la memoria del país entero. Sin el aporte de Molano, imposible entender las tercas resistencias de la gente del campo, las lógicas del alzamiento político armado, la bárbara cruzada contrainsurgente de los paramilitares aupada y auxiliada muy a menudo por la fuerza pública. Molano es un aportante imprescindible a la verdad del conflicto armado colombiano que hoy se persigue afanosamente.

Muy acertada la ubicación de Alfredo Molano en la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, surgida del Acuerdo de La Habana, a la cual dedicó sus últimos luminosos esfuerzos. De eso hablamos un poco en noviembre de 2018 en Buenos Aires. Dejó de escribir su columna en El Espectador precisamente cuando fue designado integrante de la Comisión. La última apareció el 18 de noviembre de 2017, día de mi cumpleaños.

En palabras sobrias pero cargadas de hondo significado, el padre Francisco de Roux, presidente de la Comisión, se refiere así al aporte de Alfredo Molano:

“Alfredo, con su vida, nos llamó a ponernos al lado de la gente… a no perder el tiempo… a no tener miedo… al silencio… para escucharnos a nosotros mismos… Alfredo, finalmente, nos llamó a la esperanza. En medio de la verdad que iba apareciendo, en medio de la rabia y el dolor de los asesinatos de indígenas y de líderes campesinos, él estaba convencido de que asistíamos al final “del tiempo de la sangre”. Y nos invitó a anunciar el futuro que se levanta en libertad. El futuro de una Colombia de la fraternidad y el abrazo de la tierra, donde serían posibles la verdad y la justicia, para aceptarnos, respetarnos y amarnos en nuestras diferencias” (Cuadernos de Educación Superior 9, dic. 2019, págs. 143-145 passim).

La Comisión acaba de crear la Cátedra Alfredo Molano Bravo para facilitar la apropiación de su legado. La huella de Molano es imperecedera. Es una huella perenne que en su caso, por fortuna, dificulta que se dé el implacable olvido que seremos, realidad ineludible puesta de relieve sabiamente por Héctor Abad Faciolince.

luis.sandoval.1843@gmail.com

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