Por: Patricia Lara Salive

Algo anda mal aquí...

Veinticinco por ciento de las prostitutas de Bogotá se iniciaron en el oficio antes de cumplir 17 años; siete por ciento lo hicieron antes de tener 15 años; y 21 por ciento de ellas han sido víctimas de abuso policial, informó la Secretaría de la Mujer.

¡Esas son cifras que deben prender las alarmas!
 
Las primeras, porque una sociedad que permite que la cuarta parte de sus putas sean niñas es una sociedad enferma.
 
Algo anda muy mal en ella si no quiere ni cuida a sus niñas y si maltrata y desprecia a sus mujeres, que son el eje de la familia y de la vida.
 
Y aquí llegamos a la raíz de nuestros males: ese nefasto machismo que genera y reproduce la violencia, porque crea familias disfuncionales que sirven de caldo de cultivo para que se formen hijos que, desde muy niños, sufren y presencian maltratos que los perturban y que, fácilmente, los pueden llevar a tener comportamientos violentos en el futuro.
 
Y la tercera cifra también debe alarmar, porque si en la Policía, que es el organismo encargado de garantizar la seguridad ciudadana, de hacer cumplir las normas de convivencia y de evitar que unas personas atropellen a las otras, ocurre, como dice el informe, que algunos agentes obligan a las trabajadoras sexuales (muchas de ellas menores) a tener contra su voluntad relaciones sexuales con ellos, a cambio de permitirles trabajar sin el certificado de salud que las autoridades sanitarias les exigen, es porque algo anda mal en esa institución. No sólo por lo que ese comportamiento revela sobre el menosprecio que muchos miembros de esa entidad, que no son más que una muestra representativa del conjunto de los hombres, sienten hacia la mujer, sino por la irresponsabilidad que implica poner en peligro la salud de quienes sostienen relaciones sexuales con esas mujeres que no pueden ofrecer la certeza de que no son transmisoras de sida, de sífilis o de alguna enfermedad similar.
 
¿O es que la Policía definitivamente no tolera esas conductas y, por eso, denuncia y castiga de inmediato a los miembros de la institución que cometan semejante atropello? Si eso es así, ¿cuántos policías han sido sancionados por eso? ¿Dónde están las denuncias?
 
Ya es hora de que la violencia, el irrespeto y el abuso contra las mujeres generen consecuencias. Las mujeres tienen que perder el miedo a denunciar los abusos de que son víctimas por parte de sus maridos, compañeros, padres, padrastros, parientes, jefes y demás autoridades. Y la justicia y la sociedad tienen que ampararlas y protegerlas.
De otra manera, no podrá garantizarse, de manera estable, que en esta sociedad se destierre la violencia…
 
Pero eso no es todo…
 
También anda muy mal un país donde un exministro y excompañero de gabinete de Santos (Fernando Londoño), antiguo columnista del periódico que antes pertenecía a esa familia, insista impunemente en divulgar la infamia de que Enrique Santos, el hermano del presidente y, además, el director de El Tiempo que le entregó un espacio para que él expresara su opinión con absoluta libertad, habría estado involucrado en el atentado que a Londoño le hicieron las Farc.
 
¿Y no pasa nada? ¿Y la justicia no va a hacer que Londoño responda por calumnia? ¿Y los periodistas no van a reclamarle al exministro que haya cometido semejante atropello contra un colega?
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