Por: Arlene B. Tickner

Algo huele mal

Lo que debía ser un holgado triunfo para Nicolás Maduro se convirtió en un resultado flojo. Pese al fantasma de Chávez y el acceso ilimitado a los medios de comunicación y los recursos, instituciones y funcionarios del Estado (que suman a 2,5 millones), el candidato del oficialismo ganó las elecciones presidenciales de Venezuela con un margen de tan solo 1,78%, correspondiente a 265.256 votos.

 Después de que tanto Maduro como el único rector no chavista del Consejo Nacional Electoral (CNE), Vicente Díaz, respaldaran la solicitud de Henrique Capriles de que se efectuara una revisión del 100% de los votos, ésta terminó siendo rechazada por la presidenta del CNE, Tibisay Lucena, y Maduro proclamado presidente electo de forma precipitada.

No es necesario especular si hubo o no fraude para afirmar que algo huele mal. Aún reconociendo que las elecciones fueron limpias y que sus resultados son confiables, como lo hicieron los observadores españoles y la misión electoral de Unasur, un margen tan estrecho de diferencia en un entorno político tan polarizado exige despejar toda duda sobre el ganador. Sin embargo, en lugar de instar a la unión y de tender puentes con la mitad del país que no votó por él —necesidad que Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, reconoció al invitar a una “autocrítica profunda”—, el discurso de proclamación de Maduro aludió a una conspiración de la oposición para realizar un golpe de Estado y denunció su desconocimiento de las instituciones democráticas.

La imagen del CNE, uno de los cinco poderes independientes, queda igualmente deteriorada. La caída de su página web desde el día de las elecciones y la falta de datos electorales discriminados por regiones generan suspicacias improductivas e innecesarias acerca de los resultados. Pero además, el argumento de su presidenta de que el sistema electoral venezolano ya cuenta con una auditoría automática del 54% de los votos y que por ello es improcedente un conteo manual del 100% —acción que según ella iría “en contra de la voluntad del pueblo”—, suena vacío.

Flaco favor le hacen a Venezuela los gobiernos amigos, sobre todo los democráticos, al respaldar sin condiciones los resultados electorales en lugar de ofrecer su apoyo para el necesario esclarecimiento de éstos. Ello reforzaría la legitimidad interna e internacional de Maduro, sobre cuyo triunfo queda una pequeña sombra de duda que junto con los problemas actuales de desabastecimiento, inseguridad, inflación y reducción del poder de compra de la población por la devaluación del bolívar, dificultará la gobernabilidad. Adicionalmente, ayudaría a generar las condiciones iniciales de un proceso de apertura y reconciliación que el chavismo sin Chávez, si ha de fortalecerse y perdurar hacia el futuro, está todavía por construir.

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El maratón de Boston, cargado de simbolismo por su antigüedad y el lugar y día en el que se realiza, que conmemoran el inicio de la guerra de Independencia de Estados Unidos, nunca será el mismo. Sin conocer el responsable de las explosiones, sea un enfermo mental solitario, un grupo nacional de ultraderecha —recordemos que esta semana se cumplen 18 años del bombardeo de Oklahoma City y 20 de la “masacre” de Waco, Texas— o una organización terrorista internacional, el horror y la indignación son los mismos.

 

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