Por: Ana María Cano Posada

Algo nos atraviesa

UN INSOSPECHADO CAMBIO SE HA producido en buena parte de la nueva generación que hoy habita en Colombia. Sin pasar por una militancia, sin adoctrinamientos ideológicos, ha surgido en ella este efecto aglutinante sin precedentes y ha brotado por reflejo también en otras edades que conforman esta “colombianidad”.

Sorpresiva resulta la conciencia de pertenencia que ha crecido en los que están más nuevos, que ahora muestran una idea de participación, una necesidad de manifestarse y una noción de situarse en un país al que la copa se le rebosó.

El secuestro es el punto de inflexión de esto que ha pasado. No es que estemos en la víspera del cambio que tanto se invoca, pero sí sería la antesala de otra mentalidad. Sobre este eje se alinderó una opinión que había sido fluctuante, imperceptible, que escamoteaba el dolor... Tal vez llegó primero la noción de haber pasado los límites de lo soportable en una guerra infame y crónica, vista a través de un bombardeo cotidiano durante muchos años de protagonistas dolientes, de las miles de personas que han sido separadas a la fuerza de los suyos, en una dictadura armada.

Este resurgimiento del interés por lo que nos es común, esta politización de primer nivel, ha pasado a través de la información y de los medios, pero en especial la han producido los testimonios del horror que remueven los escepticismos. La noción de vasos comunicantes fue llenando de capilaridad un territorio y un conglomerado humano que tenía muchas divergencias y distancias, con muy pocas confluencias y afinidades, hasta tener como efecto una exteriorización del conflicto, una colectivización del insoportable estado de cosas que vivimos y que habíamos acuñado casi como natural. Si bien falta mucho para que la conciencia colectiva se ensanche en la herida del desplazamiento, de los desaparecidos y los masacrados, ya hay un síntoma de funcionamiento inmunológico masivo que bien puede llamarse germen social.

Después de pasar en blanco varias generaciones, polarizadas unas en partidos políticos que se hicieron enemigos y después se repartieron el poder; otras haciendo oposición alzada en armas, y entre unas y otras una multitud de colombianos replegados por años en una indiferencia sumisa, que impedía cualquier expresión concreta de lo que se pensaba o creía, si es que se pensaba o se creía algo. Ahora despunta otra cosa.

La política que aparece incipiente, este paso al frente a la movilidad, a la actividad, no pertenece a un esquema ni tiene todavía afiliaciones, pero sí tiene un embrión de unidad ante los acontecimientos, una capacidad de oponerse en masa. Una resistencia civil. Esta es una fibra a la que los cantantes que ahora son dicientes saben tocar y a la que los nuevos medios tan accesibles y moldeables, saben filar. Esta colectivización la conforma una diversidad que está lejana a la que sólo movían resortes electorales. Aparece una nacionalidad reencauchada a partir de la conciencia de saturación de viejas ideas enquistadas y sufridas. Una nación colombiana cosida al mapa del mundo.

Parecía lejano romper la antigua apatía política que dejó a la oposición alzarse en armas y al resto anestesiarse ante los acontecimientos. No se veía posible participar en el país de manera visible y concreta. El efecto de este 2008 ha sido de levantar algo que estaba dormido, esa conciencia de desagrado que nos atraviesa, esa incipiente pero innegable ciudadanía con estatura política, que tiene de avanzada a los más jóvenes. No es todo, pero no es poco.

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