Por: Sergio Otálora Montenegro

Algo personal

Durante diez años he visto al país desde la distancia.

Es tan fuerte la realidad colombiana, tan apasionante en cierto sentido, a pesar de sus tragedias y miserias, que ha sido casi imposible hacer abstracción de tantas cosas que pasaron en una década  compleja y extraña que  requerirá de un buen tiempo para decantar todo este cúmulo de hechos que marcaron la llamada “era Uribe”: ocho años escayolados por la negativa visceral a lograr sustituir la bala sin tregua por  una paz negociada.

El uribismo, mediante una combinación de hechos inobjetables de guerra y de una minuciosa y fina ingeniería ideológica, puso a una tajada importante de la Nación a pensar en que era posible, real, hacerle morder el polvo, a fondo, a “los terroristas”. Hay un porcentaje importante de la sociedad colombiana que jura que el expresidente Uribe (¡por fin!) ha sido el único capaz de poner contra las cuerdas a los “bandidos”. El uribismo pretendió reinventar la historia del país a través de una nueva narrativa al servicio de un proyecto de poder que se veía a sí mismo como el primer día de la creación, después de décadas, casi siglos, de oscuridad.

Ante semejante alud de contrasentidos y paradojas, cada semana era la lucha  profunda entre opinar sobre las cosas apasionantes que sucedían aquí, en Estados Unidos, donde resido,  o referirse a la desmesurada realidad colombiana. 

Opté, pues, por escribir sobre los falsos positivos  y no por la manera tramposa y manipuladora como el partido republicano se opuso a la reforma al sistema de salud estadounidense. Preferí hablar de Antanas Mockus o del Polo, en lugar de referirme al profundo estado de negación que vive la sociedad norteamericana ante una crisis económica que requiere de medidas heroicas, obstruidas de manera sistemática por la oposición republicana que, a su vez, interpreta a una enorme porción de la ciudadanía decepcionada con Obama. Ni siquiera el hondo sentimiento antiinmigrante que en este momento permea a más del cincuenta por ciento de la población gringa, me hizo cambiar de foco: escogí opinar sobre la empresa criminal montada en el DAS.

Cada semana era, por lo general, una desagradable sorpresa. Un escándalo peor que el anterior. Y desde afuera se podía constatar con estupor, por comentarios de prensa, por lo que decía la gente en las calles o los académicos o especialistas,  cómo los hechos de corrupción evidentes o las flagrantes violaciones a los derechos humanos no afectaban en lo más mínimo la imagen de Uribe como el gobernante recio, valeroso, ejemplo para América Latina. 

“Uribe cambió al país”, es el gran lugar común expresado por tirios y troyanos durante el régimen de la seguridad democrática.  Visto en perspectiva, habrá que ver si tal afirmación aguanta un análisis histórico serio, o si se trata, más bien, de un ciclo más de nuestra guerra, con sus propias variables, en un contexto nacional y sobre todo internacional muy específico.

Hoy, empieza Juan Manuel Santos su cuatrienio, que podrá extenderse a ocho años. Arranca sin relaciones diplomáticas con Venezuela, con el espectro de los falsos positivos y el proceso judicial que le siguen en Ecuador. Tiene una sólida mayoría en el Congreso y un capital político enorme que ojalá sepa gastar. La propuesta del estatuto de la oposición es un buen arranque, sobre todo cuando fue tan maltratada y vilipendiada por la anterior administración. Es urgente cambiar el rumbo. Ojalá ya en el poder, Santos entienda que no es posible jugar al continuismo.

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