En vivo: La justicia transicional a dos años del Acuerdo con las Farc

hace 2 horas
Por: Eduardo Barajas Sandoval

Alguien juega otra vez con fuego en los Balcanes

La convergencia de pueblos distintos en un mismo Estado es una prueba mayor para la democracia. Precisamente por eso, cualquier colcha de retazos nacionales corre el riesgo de terminar vuelta pedazos, si la discriminación en contra de alguno de sus componentes recibe el rechazo de quienes se quieren quedar con el poder en forma excluyente. 

Josip Broz, Tito, el legendario dictador de los Balcanes, hizo el milagro de unir a los eslavos del sur, para mantenerlos independientes. Bajo una tolda aparte, a lo largo de varias décadas, en desarrollo de un experimento socialista que para muchos fue más exitoso que el de la Unión Soviética, evitó las vicisitudes del estalinismo y confrontaciones innecesarias que le permitieron animar un proceso de desarrollo para muchos aceptable, desde el punto de vista de las libertades, dentro del esquema del socialismo real de la postguerra. También realizó la proeza de no dejarse arrastrar como lacayo de ninguno de los grandes bloques de la era de la Guerra Fría, al punto que se convirtió en inspirador y realizador del proyecto de política internacional de los No Alineados. Pero su genio político no le alcanzó para prever un futuro decente luego de su desaparición, que fue también la de la unión yugoslava.

Presidiendo sobre la convergencia de diferentes versiones de los eslavos del sur, que fue el significado de Yugoslavia, bien que mal logró manejar pacíficamente las relaciones entre los croatas y los serbios, “socios mayoritarios” de su empresa política. Hizo respetar y trató con cierto tino la condición musulmana de los bosnios, la reserva de los montenegrinos y la europeidad de los eslovenos. También mantuvo a raya a los albaneses, aún dentro del territorio de la unión, pues comprendió que su presencia era inevitable en medio del mundo eslavo.

A todos esos pueblos les dio un espacio territorial y político en los Balcanes. De ahí surgieron precisamente repúblicas federadas que representaban a uno u otro pueblo y aceptaban más o menos a una u otra minoría. Pero, allí donde ya no pudo acomodar de manera aceptable las cosas, quedó el reducto de una república a la que decidió llamar “Macedonia” , según algunos en memoria de la Macedonia antigua, que en realidad era helénica y jamás fue eslava, y según otros porque resultó ser lo más parecido a esa ensalada que lleva el mismo nombre y está compuesta por pedacitos de diferentes frutas.

Esa república, conformada por diversas comunidades, que suman apenas algo más de dos millones de habitantes, con diferente condición étnica y religiosa, quedó más expósita que las otras a la hora de la disolución de Yugoslavia. Y tuvo que ser así, en la medida que allí no existía una sub nacionalidad tan claramente predominante, pues la auto denominada comunidad “macedonia”, que comparte menos de veintiséis mil kilómetros cuadrados con albaneses, turcos y gitanos, no es más que el resultado de un revuelto de eslavos, que mal pueden reclamarse como macedonios, gentilicio que procede de la tradición helénica. Alejandro de Macedonia, nacido en Pella, en la Macedonia griega actual, nada tuvo que ver con ellos, que invadieron y se asentaron en la pequeña porción norte de la antigua región macedónica griega ochocientos años después de su muerte.

El destino de la flamante nueva república, fuera ya de la protección del manto de la Federación Yugoslava, ha encontrado todo tipo de tropiezos, sobre la base de que lleva “quiescentes” las semillas de las explosiones balcánicas de la era post Tito. Grecia no ha aceptado que una vecina recién llegada tome el nombre de la región norte de la República Helénica, Macedonia, donde quedan los vestigios del reino de Filipo, el padre de Alejandro Magno, justo al pie del Monte Olimpo. Por ese motivo, los impulsores del nuevo Estado se han visto obligados a llamarlo FYROM, esto es Former Yugoslavia Republic of Macedonia, nombre oficial con el que pudieron entrar a formar parte de las Naciones Unidas.

Pero el problema no ha sido solo el de no poderlo llamar como quisieran. Además han debido afrontar la coexistencia de diferentes grupos étnicos, todos en puja por el poder, dentro de los cuales el más significativo es el de la minoría albanesa, que representa una cuarta parte de la población y gana espacio político visto por los eslavos como manifestación del fantasma de la “Gran Albania”, esto es el sueño  de la reconfiguración de las áreas de influencia de los albaneses, que excede grandemente el territorio de la Albania contemporánea y afectaría extensas regiones de los Balcanes, dentro de las cuales el Kosovo es ya una realidad inocultable.

Ya en 2001 la OTAN consiguió conjurar una rebelión de la comunidad albanesa, que amenazaba con convertirse en guerra civil, y terminó con un acuerdo que permitía su incorporación a la vida política con derechos de representación parlamentaria. El acuerdo se sostuvo, en medio de tensiones, hasta la semana pasada, cuando Social Demócratas y albaneses se aliaron para elegir como presidente del parlamento a un albanés, decisión que provocó la furia de los nacionalistas, que controlan todavía el ejecutivo pero ven con angustia el progreso de una coalición que aumentaría el poder de una minoría a la que verían mejor proscrita.

El hecho de que una turba nacionalista, cuyos miembros en muchos casos llevaban monteras, para tipificar su condición de malhechores,  haya irrumpido en el Parlamento para castigar a golpes a quienes eligieron a Talat Xhaferi como “speaker” del legislativo, dispara las alarmas que advierten el peligro de una nueva explosión de violencia generalizada. Otra vez alguien juega en los Balcanes con el fuego de la discriminación por nacionalidades, que ya ha dejado regada la región no solo de injusticia y violación de principios democráticos, sino también de víctimas inocentes. A pesar del tamaño de la FYROM, que cabría en un barrio de París o de Londres, todos los “campeones de la democracia” deberán movilizarse a tiempo para evitar una nueva catástrofe.

 

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