Alguien que nos salve

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Desde los tiempos de Abraham la humanidad corre en busca de un redentor. Un dios omnipotente y omnipresente que habita en los cielos, un profeta como Jesús o como Mahoma, un líder político como Hitler, Mussolini, Fidel Castro o Trump. Todos los anteriores, incluso ese Dios padre que ha sido narrado por la tradición judeocristiana, tienen una malsana manía con la humanidad: prometen salvarla y redimirla, exaltan sus cualidades más fuertes, creen en su infinito poder, pero a la vez la someten a las humillaciones más profundas, a la manipulación más severa, al maltrato físico, mental e ideológico e incluso a la muerte. ¿A qué se deberá esta obsesión humana de buscar resguardo en la voz demente de unos líderes que a menudo resultan más perjudiciales que el peligro mismo? ¿Es acaso la adulación que estos líderes hacen de la humanidad la razón por la cual permanecemos fieles a sus preceptos a pesar de ver con nuestros propios ojos los estragos que hacen?

La observancia de la locura humana parece ahora más fuerte que nunca: mientras Donald Trump se abastece de nuevos electores, todos esperamos pacientes el futuro de la humanidad, que puede escoger irse con su supuesto redentor, como siempre lo hace, o al menos por una vez cambiar de camino. Ya la situación estaba difícil: en el terreno árido de los Estados Unidos hay muchas personas viviendo en casas rodantes, comiendo productos precocidos, vistiendo harapos y votando por Trump, porque en sus tristes necesidades les urge alguien que haga de los Estados Unidos un país “grande”, pero un país grande para ellos, que viven en pobreza y miseria desde hace décadas. Tristemente, mientras ellos piensan en Trump como si de un ensueño se tratara, Trump piensa en otras cosas: en el dinero que va a llegar a los bolsillos de los grandes empresarios y en inventar problemas que parezcan más importantes que el de las personas que viven en miseria en todo el territorio nacional.

La situación es aún más preocupante con el coronavirus: la pobreza y el desempleo han aumentado de forma alarmante, la calidad de vida de las personas se ha encarecido y el estado de salud mental de gran parte de la humanidad está irremediablemente deteriorado. Estos problemas que ahora nos aquejan no se van a resolver con adulaciones de nuestros líderes o con promesas de redención. Todo el dinero del mundo no podrá salvarnos a menos que nosotros mismos tomemos la delantera: por primera vez en mucho tiempo la humanidad, ahora a nivel global, debe hacerse cargo y trabajar en equipo para que la pandemia no acabe con nuestra especie.

De nosotros depende que nos lavemos las manos, que conservemos la distancia social, que salgamos de forma prudente respetando todas las medidas de bioseguridad: todo lo que yo haga puede perjudicar al otro y viceversa, así no nos conozcamos ni nos hayamos visto nunca, así seamos completos extraños que incluso, en otros tiempos, se hubieran mirado con desdén.

Por primera vez en la historia de la humanidad, nos hemos dado cuenta de que vivimos en un mundo interconectado, que a pesar de nuestras grandes diferencias inventadas (clase, raza, género, nacionalidad, etc.) a todos nos afecta lo mismo: esta realidad, esta angustia la padecemos en Colombia, pero también en lo más profundo del Congo, en Europa y en las islas perdidas de Oceanía. Ningún líder o figura simbólica, por más poderosa que sea, nos va a salvar de esto: si no nos unimos como humanidad y tomamos acción individualmente, esto no va para ningún lado. Aquí no hay quien nos salve; aquí somos nosotros la voz aclamada de nuestro redentor.

@valentinacocci4, valentinacr424@gmail.com

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