Por: Mauricio Botero Caicedo

Alguien se va a subir a las tablas

Antes de entrar en materia es oportuno señalar que, en mayor o menor grado, todos los gobiernos, incluyendo este, son populistas. El problema es que el populismo no es fácil de definir. Para Mario Vargas Llosa, el populismo es la política irresponsable y demagógica de unos gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por un presente efímero. Para Carlos Alberto Montaner, “el populismo no es exactamente una ideología, sino un método para alcanzar el poder y mantenerse en él”.

El gobierno de Santos, sin ser químicamente populista, si tiene tres características que lo encasillan en este grupo: la primera es la prodigalidad en el gasto; la segunda es pretender cubrir los déficits incrementando los tributos; y la tercera es haber elevado, por medio de la “mermelada”, el clientelismo a un arte. En relación con el gasto, el exministro de Hacienda del presidente Aylwin, Alejandro Foxley, afirmaba: “Nuestra política de gasto social es responsable y ajena al populismo. El esfuerzo de gasto es también esencialmente gradual, y no pretende corregir de inmediato problemas que vienen de muy atrás… Esto significa que cualquier suplemento al gasto social sólo puede tener efecto cuando los recursos para financiarlo hayan sido recolectados de manera no inflacionaria”. En el gobierno de Santos el gasto tiene muy poca relación con el recaudo. Por otro lado, el reparto indiscriminado de “mermelada” para comprar conciencias y votos ha sido el caldo de cultivo para la proliferación indiscriminada de la corrupción.

Pero el gran crimen de este gobierno, aparte de las prácticas populistas en materia de gasto y en elevar el clientelismo a un arte, es el habernos dejado el escenario instalado para que suba a las tablas un “caudillo” populista de quinta categoría. El politólogo Roberto Ampuero, en su ensayo “Populismo no nato”, afirmaba: “En rigor, cada vez que la clase política de una república —no importa cuán próspera, moderna o igualitaria ésta sea— se desacredita y desprestigia ante los ciudadanos, crece el peligro de que éstos caigan en las garras del populismo. Éste constituye un peligro latente, una amenaza que requiere, eso sí, ciertas condiciones sociales, económicas y valóricas para surgir y prosperar, para encarnarse en un caudillo, encender pasiones, conquistar adeptos, volverse hegemónico y llegar al poder en gloria y majestad, aplaudido por mayorías reales, circunstanciales o bien aparentes. Como pocas veces antes en su historia, en Chile las condiciones para el populismo parecen estar hoy dadas: ciudadanía escéptica y desencantada, partidos y clase política desacreditados, indiferencia y abstención política entre muchos jóvenes, y falta de liderazgo y de un sueño nacional transversal. Con este delicado cuadro puede emerger un candidato que pase del anonimato a una contagiosa popularidad gracias a alguna acción espectacular o un rasgo seductor de su personalidad. La historia a menudo enseña que, cuando el escenario está instalado, alguien sube a las tablas”.

Las observaciones de Roberto Ampuero se refieren a la Chile de hoy, bajo el segundo y deplorable mandato de Michelle Bachelet. Pero si el lector analiza detenidamente las palabras de Ampuero se dará cuenta que si sustituye a Chile por Colombia, el diagnóstico es igualmente acertado. El gobierno de Santos va a dejar el escenario instalado para que se suba a las tablas un populista de la peor calambre.

 

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