Por: Diana Castro Benetti

Algunas hechicerías

Hay hechicerías que son fáciles de poner en práctica. Por ejemplo, levantarse y sonreírle al día para preparar el agua de la media mañana con trocitos de raíz de jengibre y limón.

Hay otras que también son fáciles como contarle las cuitas de amor al bonsái más cercano o, en las mañanas, abrir la ventana de la habitación para que sueños y nubes se agarren a los almohadones y paredes. A veces, dentro de estas brujerías, también resulta conveniente dejar la ducha para las tardes con esos jabones que saben llevar la almendra hasta la base de los huesos y, por qué no, darle la bienvenida a las noches con aromas de los aceites de naranjas, limas y jazmines.

Hay otras que son más delicadas como sorprender el costado más débil del cuerpo o abrigar los buenos pensamientos para evitar los fríos del corazón. También son menos fáciles las magias que implican espantar los insomnios antes de los amaneceres y ponerse de cuclillas para fortalecer la base del periné. Estas hechicerías empiezan a complicarse cuando se precisa no dejarse atrapar por un pensamiento ansioso, sobre todo, si es la hora de que el tiempo camine con parsimonia.

Y de todas estas hechicerías, magias y brujerías, las hay, unas buenas y otras malas. Existen, eso sí, quienes desde sus propios ríos de inconsciencia se la pasan haciendo maldades con sus pensamientos y acciones que dejan atónitos, incluso,  a los más brujos. Pero, parafraseando alguna ley de la física cuántica, las peores hechicerías son aquellas en las que la intención está vestida de rencor, venganza, ira y miedo. Horrible posibilidad de la que pocos, magos o no, escapan.

Y es por esto que la mejor y mayor hechicería que cualquiera puede permitirse para su beneficio o el de otros, es aquella que implica dar pasos para entrar al cuarto de la meditación propia. Pasos que deben ser honestos y cautos para estar dispuestos a ver eso que somos y que hemos sido durante un día, unas horas y algunos segundos. El repaso de, por lo menos, uno de nuestros actos diarios, permite agudizar la habilidad de las mezclas en la infusión del día siguiente. Si la canela hace falta o la limonaria escasea, hay que proceder a cambiar los rumbos y sacudir la habilidad de ser más conscientes de esa alquimia de verse. Alquimia que es para los grandes graduados de la mayor de las artes: las imperceptibles brujerías, magias y hechicerías.

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