Por: Columnista invitado

Alias

Por: Juan Felipe Carrillo Gáfaro

La llamada que le hizo un alias a la docente Deyanira Ballestas hace unos días nos llenó de tristeza y miedo. Tristeza al ver cómo una persona buena y comprometida con su trabajo era arrinconada por un discurso cargado de violencia. Miedo al ver cómo el valor que tuvo la docente para contener toda esa descarga de agresividad cuyo único fin era amenazar su vida, se convertía en una prueba contundente de lo fácil que sigue siendo en este país “asesinar a quién nos da la gana”. Confieso que temí y sigo temiendo por la suerte de todos aquellos colombianos y colombianas que han sido y siguen siendo asesinados por defender la vida de otros, y también temo por todos los que, incluidos los alias, somos ese “quién”.

La llamada deja una serie de interrogantes. No sabía por ejemplo que llamar a comunicar una amenaza era casi una gentileza y que por lo visto existía, desde el punto de vista del alias, diferentes niveles de amabilidad para indicarle a alguien que lo quieren matar. He intentado ponerme en sus zapatos, pero por obvias razones ha sido imposible: para mí y para muchos de nosotros una llamada de ese calibre nunca podrá ser considerada como un favor por más cordura que crea estar teniendo la persona que se encuentra al otro lado del teléfono. ¿Qué lo lleva a uno a pensar que se puede ser amable mientras se comunica una amenaza de muerte? Cada segundo que pasaba en la llamada, admiraba más a Deyanira Ballestas por intentar comprender el motivo real de la amenaza. Su actitud es un ejemplo de coraje al querer entender qué era lo que en teoría estaba haciendo mal y al no perder la compostura pese a la agresividad de su interlocutor.

Ojalá fuese posible entender las razones concretas de la amenaza y en particular entender cómo el trabajo honesto de una educadora puede llegar a afectar negocios, intereses personales o como lo mencionó Gustavo Duncan “tiranías criminales”. No sería tan complejo emitir un par de hipótesis para explicar lo que hay detrás de esa llamada mortal. Quizás la más sencilla e inocente es considerar que la docente tiene en su poder algo muy valioso que desea compartir con sus alumnos, y que a los alias, de manera inconsciente, les gustaría recuperar: el valor de la vida. Ojalá pudieran preguntarse cuándo perdieron ese valor, cuándo dejaron de ser esa otra persona que alguna vez fueron, y si creen que es posible cambiar.

Mientras tanto, los que no estamos con los alias, seguiremos apoyando a la profesora convencidos de que algún día podrá regresar a su región. Seguiremos pensando que existe la posibilidad de cambio. Seguiremos haciendo un esfuerzo por soportar experiencias tan absurdas como esa llamada. Seguiremos, como otrora lo afirmó Jaime Garzón, “creyendo en esta vaina”. Eso sí, para seguir en ese estado de resiliencia permanente, necesitamos que nuestro Estado salga del letargo en el que se encuentra y que las personas que nos gobiernan tomen decisiones de verdad.

 

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