Por: Jaime Arocha

Alimentos sacralizados y comida chatarra

Participo en un estudio sobre la espiritualidad de la gente de ascendencia africana.

Entre sus logros figura el análisis de la culinaria sagrada, alrededor de fiestas en honor a vírgenes y santos. Sabíamos que devotos y devotas sacrificaban animales de crianza o de río y monte para preparar pasteles o sancochos, parte de los cuales llevaban a la iglesia en ollitas decoradas con cintas de colores para que, una vez benditas, las ofrecieran a las parentelas visitantes, ausentadas por el desplazamiento laboral o violento. En las comunidades costeras, la ritualidad era con recetas de fritos, en cocaos y arroces con peces y crustáceos capturados en esteros o mar adentro. Era indispensable el biche destilado en alambiques que manejaban las mujeres conocedoras de las plantas de la selva. Nuestra ilusión consistía en examinar si a ese vínculo entre espíritu y naturaleza le sucedía lo que al del Candomblé que celebran los descendientes de los yoruba en Salvador (Bahía): estimular la diversidad de las plantas y los seres cazados, pescados o criados para las ofrendas ceremoniales. Hoy, los expertos le dan el nombre de resiliencia a esa cualidad, y cifran el futuro de la humanidad en ella, debido a la flexibilidad que les da a los ecosistemas para salir airosos de los embates que tienden a destruirlos.

Hasta ahora, las visitas al terreno muestran cómo a esos alimentos sagrados los reemplazan perros calientes, hamburguesas, papas fritas y pollos asados. Las harinas que procesan empresas multinacionales desalojan a las de granos campesinos. La comida chatarra no sólo se impone por la moda, sino por la desaparición de los sistemas complejos de producción que desde la época colonial los esclavizados y sus descendientes instituyeron vertebrando las estaciones del año con el cultivo de cereales, tubérculos y frutas, la cría de pollos, patos y cerdos, la cacería o la recolección de tallos, raíces y tierra de hormiguero que las mujeres usaban en sus zoteas para producir aliños y plantas medicinales. Licores jechos, como los rones y aguardientes de las licoreras departamentales, o los whiskies importados destierran a los biches.

Hablo de los efectos que ocasiona el igualar progreso con la antirresiliencia de minería y monocultivo industrializado de caña, palma, teca y pasto, buena parte de cuya expansión tiene lugar en los territorios de los pueblos étnicos del país. Así, no es de extrañarse por la geografía de la ilegalidad acerca de la cual escribió Alejandro Gaviria el primero de julio en El Espectador: “Las Farc están financiando activamente la resiembra de coca y usando los territorios colectivos para ampliar el área cultivada. Actualmente una de cuatro hectáreas sembradas con coca está ubicada en un resguardo indígena o en territorio de negritudes”.

Infortunadamente, conforme lo denuncian las organizaciones de la base, a ese proceso lo guía un mercado regulado no sólo por la mano invisible, sino por un terror doble al cual no se refirió Gaviria: el que ejerce la guerrilla para expandir esa geografía, y el del Estado para reducirla a favor de monocultivos y minas industrializadas. Como alternativa de sobrevivencia, la huida le resta credibilidad a la reparación de víctimas y restitución de tierras.

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