Por: William Ospina

Allá abajo en el cielo

En el arte, mucho más importante que los temas es lo que logra hacer con ellos la sensibilidad del artista.

Con los mismos ingredientes de una telenovela trivial se puede hacer una obra poderosa y conmovedora. Muchos de los temas de Shakespeare, como Romeo y Julieta o la crónica de los reyes ingleses, se representaban en escenarios de Europa antes de que él los reelaborara: pero fue él quien les dio su lenguaje, sus personajes tremendos, su ritmo y su espléndida poesía. Dejaron de ser dramas o comedias triviales y se volvieron espejos profundos de la condición humana.

El tema de Gravedad, la película del mexicano Alfonso Cuarón, es casi elemental. A seiscientos kilómetros de la Tierra, flotando en el espacio exterior, dos astronautas que reparan el telescopio de una estación espacial son sorprendidos por una tormenta de basura estelar, fragmentos de cohetes y satélites que destrozan la nave y los dejan a la deriva en el vacío.

La película, que narra los desesperados esfuerzos de una mujer por volver a la superficie terrestre cuando ya estaba perdida en el cosmos, logra manejar de un modo sorprendente los recursos habituales del género. Sandra Bullock, una gran actriz que no siempre encuentra grandes papeles, logra transmitirnos su angustia y su desesperación en el esfuerzo de sobrevivir contra toda esperanza, y consigue que su presencia frágil sea más importante que la chatarrería electrónica.

Gravedad, cuyo guión fue escrito por el propio Cuarón con su hijo Jonás, no se nos ofrece como una fantasía sino como una historia realista, y sus efectos visuales son imponentes. Algo que suele ser presentado de un modo pintoresco, la falta de gravedad, aquí es una pesadilla: no es posible tener el control de los movimientos, todo escapa a la voluntad y a la fuerza. Estar fuera del espacio gravitatorio del planeta convierte a los humanos en criaturas especialmente inhábiles, víctimas inermes del espacio físico.

Unas criaturas enfundadas en escafandras blancas y unidas al origen por frágiles cordones umbilicales, se balancean y se agitan, chocan y vuelan y vuelven a chocar contra todas las cosas, y uno siente su vértigo y su desamparo. Los efectos son abrumadores, y más si se piensa que cada movimiento tuvo que ser planeado con rigor, que estamos viendo ecuaciones vertiginosas convertidas en imágenes.

Lo más impresionante es la presencia del planeta allá al fondo. Su vecindad llena la pantalla, pero no nos deja olvidar que estamos a una enorme distancia. Nada más perturbador que estar al mismo tiempo en la vecindad del mundo y tan lejos de él, estarlo viendo y sin embargo no poder regresar, porque la ruta del regreso está cada vez más escondida o perdida: en esas otras estaciones orbitales, rusas o chinas, que acaso alberguen una cápsula que sea posible activar para aproximarse a la atmósfera, y conseguir que la gravedad la precipite de nuevo a la tierra. Allá abajo, o arriba, el planeta es un globo vestido de nubes y tempestades, que va pasando del día a la noche, donde se encienden y se apagan en silencio las ciudades y los continentes.

En la enormidad aterradora, esa casa cercana se revela no sólo como un hogar misterioso sino como un recinto sagrado. La tierra dura, el barro elemental, la inmensa curva oceánica parecen cosas inertes, sin conciencia y sin voz, pero no ignoramos que de esas cosas ciegas no ha brotado sólo la vida sino la sensibilidad, la conciencia, el lenguaje. De ese barro y ese magma terrestre se han desprendido músicas, civilizaciones y mitologías. El planeta que tantos se limitan a mirar como un mero mapa, un dato de la ciencia, es mucho más: es nuestra única morada posible, y es más que una morada: la sustancia de la que estamos hechos. No es nuestra habitación sino nuestra sangre y tal vez nuestro espíritu.

Hay un momento en que la mujer refundida en el cielo intenta comunicarse con la NASA, y por accidente intercepta una comunicación casual de un pescador de Groenlandia. Pero oír allá abajo, en el cielo, unos ladridos, los balbuceos de un bebé terrestre, los rumores casuales del mundo, despierta su propia y dramática memoria humana, y parece darle fuerzas lo mismo para sobrevivir que para aceptar la muerte inminente.

En una época que predica la urgencia de la ciencia y la técnica por llegar cada vez más lejos, la película parece decirnos que más asombroso y conmovedor que haberse ido es poder regresar. Que si allá, en las estrellas, está la diana de nuestra ambición, aquí, en esta tierra, está nuestra morada y nuestro consuelo. Que quizás no hay triunfo comparable al de volver a sentirse arrastrándose por la arena, al de estar otra vez con la cara en el barro, intentando levantar el cuerpo debilitado por la falta de gravedad, y hacer que ese cuerpo pesado y torpe dé pasos de nuevo por “este oscuro, inmenso mundo”.

Hollywood hace películas con estos temas todos los días. Y es posible que a Sandra Bullock le den de nuevo el Óscar por los forcejeos de esta astronauta solitaria. Pero algo me dice que sólo porque el director es quien es, y viene de donde viene, ha podido darle a su historia esa carga humana, ese sentido conmovedor; esquivar un poco siquiera las tentaciones y las trampas de la basura electrónica y de los miles de efectos exagerados e insignificantes, y permitir más bien que se abran camino la soledad, el desamparo, lo que puede susurrarle a la conciencia la lejanía del mundo.

 

*William Ospina

 

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