Por: Marcelo Caruso A.

Allende, un reformista revolucionario

Después de 40 años de la revolución democrática y socialista que en Chile encabezó Salvador Allende, revisar sus experiencias sigue siendo una fuente de enseñanza para un futuro que construya paz en Colombia.

¿Qué pasó para que la experiencia más admirada de la época y acompañada por todos los demócratas y la izquierda del mundo, fuera aplastada y relegada de todo estudio sociopolítico? 

La profundidad de la democracia participativa que allí se vivió, considerada desde la acción transformadora y consciente de los trabajadores y los sectores populares, fue tal vez la más importante del siglo XX. Con una diferencia frente a todas las demás: no había surgido de dolorosas guerras civiles, ni de procesos insurreccionales armados donde el ´ordeno y mando´ militar tiende a continuar en el ejercicio burocrático de la política.  Se dio en el seno de una democracia liberal que, así como incluía a una momificada oligarquía, reconocía como conquista democrática que la izquierda llevara décadas de legalidad y de trabajo en la organización sindical y social; y con una Democracia Cristiana en la que sus líderes y parte de su base social, se suman a las visiones de la teología de la liberación.  

Decir, como se analiza en columna reciente, “que con mucho voluntarismo se impulsó un proyecto que no contaba con las mayorías necesarias para sostenerlo”, en otras palabras “se avanzó muy rápido”, es cargarle a la gente, que imponía desde el inicio la profundización del proceso, la responsabilidad del golpe militar. Los responsables  principales fueron los golpistas, pero no se pueden olvidar los errores de los líderes políticos de la Unidad Popular, sus disputas internas, las  ineficientes cuotas partidistas en la distribución de los cargos públicos, pero sobretodo, su temor a enfrentar lo que era un golpe anunciado, que los llevó a asilarse una semana antes del mismo. Y aclaremos, que en las últimas elecciones parlamentarias la UP había aumentado un 10% su votación, llegando al 43%,  y a ese ritmo podía ganar la mayoría absoluta para las próximas presidenciales. Ese avance en conquistar las mayorías es justamente el que desencadena la decisión de la ultraderecha y el imperio. Así ingresa al continente el neoliberalismo y su libre comercio, y de allí se llena de argumentos la lucha guerrillera como vía para alcanzar la transformación social. 

Otro era el carácter de Salvador Allende, anarquista romántico en su juventud y socialista  convencido en la vida parlamentaria. Como presidente nacionaliza el cobre, y respeta las decisiones de los trabajadores que ocupan empresas pidiendo su estatización bajo un régimen de gestión compartida. Apoya las decisiones autónomas de las organizaciones  populares contra el acaparamiento y bloqueo generados por Estados Unidos. Se duplica la producción de telas pero no se consiguen en el mercado, lo que lleva a organizar la distribución directa entre las fábricas y los barrios por medio de las Juntas de Abastecimiento y Precios, y Allende las apoya.  Supo acompañar y nunca enfrentar a los campesinos que impulsaban desde sus realidades una reforma agraria integral que luego es validada desde el gobierno; como a los pobladores que exigían vivienda y salud digna, junto con educación de calidad.

Su mayor “ingenuidad”, compartida por otros honestos dirigentes, fue creer que el ejército tenía un compromiso institucional que no iba a romper, por lo que obligó a desarmarse a quienes lo apoyaban desde la legalidad, creyendo que así bajaría la intensidad del conflicto. Mientras resiste al bombardeo del palacio presidencial, llama al  pueblo a no dejarse masacrar y a prepararse para el regreso. Su dignidad no le permitiría acompañarlos. Hoy los pueblos están volviendo a recorrer las alamedas de América Latina de la mano de Allende y las víctimas de la dictadura de Pinochet, comenzando a saldar una deuda histórica.

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2013-09-09T21:00:00-05:00

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Allende, un reformista revolucionario

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