Por: Augusto Trujillo Muñoz

Allende y el humanismo de todas las épocas

Resulta paradójico: El único líder de América que –hasta ahora- ha sabido aproximarse a una visión de lo que podría ser el socialismo del siglo XXI, vivió obligado por la historia a gobernar en medio de la rigidez ideológica del socialismo del siglo XX.

En ese sentido el presidente de Chile Salvador Allende se anticipó a su época.

Una trágica sobre ideologización dividió al mundo de su tiempo en fronteras infranqueables: las fronteras ideológicas. A diferencia de las fronteras geográficas, o culturales, o étnicas, que pueden tener un sentido de vínculo en medio de las diferencias, las fronteras ideológicas se construyen sobre dogmas y fundamentalismos. Son una especie de barrera eclesial insuperable que no deja espacio para el otro, ni para convivencia alguna, ni siquiera para la tolerancia. Hombres y pueblos se radicalizan de manera irracional y sustituyen el diálogo político por una agresiva confrontación ideológica.

Allende fue el primer jefe de Estado en el mundo, que se comprometió con un proyecto socialista de rostro humano. Según lo recuerda su discípulo el presidente Ricardo Lagos en texto escrito con motivo del centenario del nacimiento de su maestro, Allende descubrió que “la libertad es el espacio ideal para construir una mayor igualdad”. La suya fue una experiencia inédita: “Pisamos un camino nuevo, dijo. Marchamos sin guía por un sendero desconocido; apenas teniendo como brújula nuestra fidelidad al humanismo de todas las épocas”.

Ese compromiso supone una afirmación democrática propia del siglo XXI. Va mucho más allá de los supuestos humanismo liberal y socialista proclamado por los voceros de aquella confrontación ideológica estimulada por las dos grandes potencias del siglo XX. Esos eran humanismos de panfleto. Por encima de ellos, Allende se comprometió con “el humanismo de todas las épocas” que, de alguna manera, podría ser también el humanismo de todos los lugares.

Ahora que algunos líderes regionales de América mencionan su propósito de construir el socialismo del siglo XXI, vale la pena inducirlos a estudiar el proyecto político de Allende. Un proyecto prácticamente imposible de entender en medio del escenario bipolar, bicolor, inflexible y excluyente de la guerra fría pero, seguramente, viable en un ámbito más abierto y tolerante como el que trajo consigo la nueva centuria.

Allende fue víctima de un dogmatismo revolucionario incapaz de ver el mundo en la riqueza de su realidad múltiple. Si las cosas no pueden ser sino como han sido, o sólo pueden ser modificadas a través de una receta única, no hace falta explorar otras opciones. Los analistas desestimaban su proyecto de socialismo en libertad con el argumento simplista de que la constitución prohíbe la revolución.

Pero es que Allende no hablaba de reeditar revoluciones antiguas o recientes. Según lo recuerda el mismo Lagos, quería “hacer una revolución que no había tenido lugar en ninguna parte”, y quería hacerla en democracia. No por obstinación, ni por ingenuidad sino porque, como los líderes eurocomunistas de su época, había llegado a la conclusión de que las libertades individuales y la autonomía política son una conquista irrenunciable del progreso humano.

Poco después de su muerte García Márquez escribió un texto que, por estos días, ha sido publicado de nuevo. La mayor virtud del presidente Allende, dijo Gabo, fue la consecuencia con su propia propuesta política “pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués…y toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que se había propuesto liquidar sin disparar un solo tiro”.

También Gabo cae en la trampa. Su texto desconoce el alcance de lo que, para Allende, era un proyecto original. Adelantándose a su época y a contrapelo de la mayoría de sus amigos, Allende no creyó en la dicotomía revolución o reforma, ni en que el derecho es una superestructura al servicio de los poderosos, ni en que lo fusiles son más revolucionarios que los votos. Pero semejantes inquietudes innovadoras reñían con el dogma vigente. Insistir en ellas era caer en el revisionismo, un pecado imperdonable en medio de tantas supuestas certezas ideológicas.

Allende presintió lo que luego fue descubrimiento del siglo XXI. Tuvo, quizás, una falla, como también lo recuerda el presidente Lagos, la cual fue producto de su debilidad política: No pudo convencer a sus partidarios “que el camino del cambio a través de la democracia sólo es posible consolidando grandes mayorías basadas en amplios consensos”.

Para juzgar a Allende hacía falta la mínima perspectiva histórica que ahora ofrecen el centenario de su nacimiento y la notable evolución de la teoría de la democracia en los últimos lustros. Si llega al poder treinta años después, probablemente, habría sido el gran artífice de un proyecto político capaz de construir el auténtico socialismo del siglo XXI.

En su tiempo no había espacio para proyectos inéditos. Pero hoy hacen falta líderes que, como él, exploren nuevas opciones y se comprometan en su desarrollo “teniendo como brújula la fidelidad al humanismo de todas las épocas”.

Ex senador, profesor universitario.

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