Por: Manuel Drezner

Alrededor del Festival

Contra lo que muchos creían (y, sospecho, lo que algunos deseaban) no sólo está en pleno desarrollo el nuevo Festival de Teatro, sino que sus ofrecimientos conforman una programación de alta calidad con participación de importantes compañías y directores y con una acogida del público igual, si no mayor a la que hubo en otros festivales.

Sobre algunas de las obras presentadas se hará comentario oportunamente, ya que el Festival fue muy parco en cuanto a la cantidad de piezas que cada uno de los comentaristas podrá ver, pero sí vale la pena hacer algunas consideraciones generales, ya que se ha dicho y escrito cosas que por lo menos son extrañas sobre el Festival. Lo malo es que la mayor parte de esas críticas se han concentrado no en el magnífico logro del Festival, sino en lo que el Festival de Teatro no es y por eso vale la pena puntualizar que este destacado evento cultural (invariablemente el más importante que tiene lugar en la capital cada vez que sucede) no tiene como objetivo desarrollar determinada tendencia dramática o fomentar el desarrollo del teatro colombiano, sino el de dar la oportunidad al público y a la gente de teatro para que conozcan lo que se está haciendo en otras latitudes en las artes escénicas, para proporcionar al público contacto con obras y compañías que si no fuera por el Festival jamás tendrían oportunidad de ver y para crear una afición teatral que atraiga al público a las salas cuando el Festival haya concluido.

En todo lo anterior el evento ha sido exitoso y dice mucho de la iniciativa y conocimiento de Ana Marta de Pizarro que la calidad de lo presentado no haya sido menor que la de años anteriores. Tratar de atacarla por cuestiones ajenas a esta fiesta teatral es algo que debe ser discutido por todos aquellos que entienden cuál es el propósito de un Festival. Pero dicho esto, lo cierto es que hay mucho teatro colombiano en cartelera, que se están conociendo compañías nacionales que difícilmente podrían salir de su teatro de barrio si no fuera por la oportunidad que se les da y se está creando un profesionalismo que por muchos años hizo falta. Ignorar estas verdades implica un deseo gratuito de atacar por atacar, de seguir con esa tendencia tan criticable de ser destructivo por que sí. Agradezcamos entonces que —como muchos temieron— el Festival no haya muerto con la desaparición de su creadora y gran impulsadora y reconozcamos los méritos de un trabajo que sospecho, tuvo que ser hecho con las uñas, como se dice. El Festival es una importante realidad artística y es mezquino reconocerlo.

 

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