"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 1 hora
Por: Carlos Granés

Alterar conciencias

Leí las reputaciones, esa pequeña joya salida de la imaginación de Juan Gabriel Vásquez, fascinado por la elegancia y precisión de relojero con la que está escrita. También, y sobre todo, porque me hizo pensar.

La novela aborda un tema fascinante, la responsabilidad moral de los intelectuales o artistas que tienen el poder de moldear la opinión pública. Esa es la pregunta central sobre la que Vásquez quiere que reflexionemos (también, como en todas sus novelas, la manera en que el pasado afecta nuestro presente), pero un autor nunca sabe cómo sus obras van a estimular la curiosidad de sus lectores. La pregunta que me ha generado Las reputaciones es, digamos, previa, y tiene que ver con la manera en que se consigue alterar la opinión de los demás, o, en definitiva, cómo se logra sacudir la conciencia para que una persona cambie la manera de ver la realidad o de valorar los acontecimientos.

¿Tiene la literatura el poder de alterar conciencias? Don DeLillo, en otra magnífica novela, Mao II, da una respuesta bastante pesimista y de alguna manera afín a los comentarios que George Steiner y V. S. Naipaul hicieron en su momento sobre la decadencia del género. El escritor ya no tiene ningún poder de influencia para remover las conciencias de las personas. En la mediatizada sociedad actual, la respuesta más probable a una buena novela es la indiferencia o el silencio. Toda la atención se la llevan los verdaderos antagonistas/protagonistas del mundo contemporáneo, los terroristas, cuyos actos tienen un impacto emocional masivo e innegable. Los tiempos en que el escritor, bien con sus opiniones o ficciones, removía conciencias o proponía nuevas fuentes morales, parecen remotos. Cualquier manifestación artística, incluso la más transgresora, resulta tibia y asimilable en comparación con un acto de terror. Recuerdo que una vez le pregunté a una artista qué tipo de arte le gustaba. Su respuesta fue “el que hacen los talibanes”. Era una estupidez, pero sin duda expresaba esa nostalgia por el shock de las conciencias que el arte ya no ejerce.

El teatro revolucionario de los sesenta, muy influenciado por la terapia gestáltica y sus técnicas para ampliar la conciencia, intentó tener ese efecto explosivo. Las obras eran vivencias transgresoras, de intensidad radiactiva, que pretendían transformar por completo a los participantes. En algunos casos lo lograban, sin duda, pues los espectadores terminaban dejándolo todo para reinventar su existencia. El teatro no era la representación de ficciones, sino la actuación de un modo de vida con el que se quería seducir y contagiar valores. Versiones light de estas obras son las performances contemporáneas, que mediante imágenes impactantes, osadías extravagantes o rupturas en la rutina quieren generar un pequeño cortocircuito mental que afecte al espectador. Estas obras son, sospecho, bastante menos eficaces. ¿Qué altera la conciencia, al fin y al cabo? Quizá Vásquez y DeLillo tienen razón: el prestigio y el horror. La seducción que ejercen los personajes que hacen algo bien hecho o señalan nuevas formas de vivir, pensar o sentir, por un lado, y la indignación moral, por el otro.

 

Carlos Granés*

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