Por: Álvaro Camacho Guizado

Alternativas al prohibicionismo

QUE LAS POLÍTICAS PROHIBICIOnistas han sido y seguirán siendo un fracaso y una muestra monumental de la terquedad con que se ha insistido en aplicarlas es una de las miradas que recorren el libro que acaba de publicar la Universidad de los Andes.

En Políticas antidroga en Colombia. Éxitos, fracasos y extravíos, diferentes autores analizan múltiples dimensiones del fenómeno de la producción, distribución y consumo de drogas ilícitas, en especial de la cocaína.

Los enormes costos de todo tipo en que ha incurrido el país con el programa de erradicación aérea, las frustraciones evidentes que produce el hecho de que los consumos se han incrementado y ahora tienen presencia en casi todo el mundo; el deterioro que experimentaron las relaciones exteriores de Colombia, país que ha sido reconocido como el mayor responsable del comercio mundial de cocaína; los fiascos que se conocen en lo relativo a los controles al comercio interior y el incremento de la población consumidora. La terca insistencia del presidente Uribe para impulsar una política de prohibicionismo radical, son hechos protuberantes que señalan que el curso de las políticas ha sido errado y contraproducente.

Y como si lo anterior fuera poco, el narcotráfico ha sido el combustible más efectivo en incrementar la guerra que desangra al país. En sus varias mutaciones éste se ha convertido en el rasgo central al que obedecen las masacres, la destrucción de poblaciones enteras, los desplazamientos forzados y las incontables tragedias que enlutan a una multitud de colombianos.

Su expansión a Brasil, México y a Centroamérica ha desatado una violencia incontrolable en esos países, y ha convertido a Perú y Bolivia en fuertes productores y exportadores, ya no de pasta, sino de cocaína. Y los gringos siguen insistiendo en su política de prohibicionismo radical, así entre nosotros nos matemos, mientras ellos se convierten en un fuerte productor y exportador de marihuana.

Que la política es obsoleta, ineficaz, costosa, es algo que en el mundo de los analistas se reconoce. Que es preciso introducir cambios radicales, tanto en las Conferencias de Viena (donde se formula la política en el plano mundial) como en las legislaciones internas de los países. Así lo han venido insistiendo los presidentes Zedillo, Gaviria y Cardoso, sin que sus argumentos hayan sido tenidos en cuenta, como lo merecen, por los formuladores de la política.

Parece cada día más claro que sólo Brasil, uno de los mayores mercados mundiales, tanto de consumo como de exportación y al mismo tiempo una fuerte potencia mundial, tiene las credenciales para asumir un liderazgo internacional en ese cambio. Brasil puede insistir ante los organismos multilaterales para que se adopten políticas de reducción de daños que no se basen en el prohibicionismo, sino en una gama de alternativas menos deletéreas. Puede apoyarse en varios gobiernos europeos, menos fanáticos prohibicionistas. Y entonces Colombia, aliada con México y los países de Centroamérica pueden secundarlo, y así crear un frente de respeto.

Hace unos años propuse la creación de la OPEC, una organización de países exportadores de coca que exigieran reciprocidades mundiales en los esfuerzos para controlar la producción y exportación. Quizás haya llegado la hora de pararle bolas a este tipo de alternativas.

 

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