Por: Ana María Cano Posada

Alto contraste

UN PLEBISCITO DE GRATITUD Y admiración levantó el bello y discreto mutis por el foro de la memorable Gloria Valencia (de Castaño, como se conoció a ella misma).

Es el resultado del estilo de mujer que representó siempre. Una sencillez y un gusto para mostrarse, una voz y una presencia para diferenciarse en radio y en televisión, una curiosidad genuina por el arte, por la moda y por la naturaleza, la volvieron imprescindible en un país que requería de referentes femeninos porque apenas despuntaban los primeros ejercicios profesionales de vanguardia al ocupar posiciones antes masculinas.


Desde la celebración de los cumpleaños con una canción que todavía sale a la memoria en ocasiones y en donde ella premiaba a los niños con su mirada, su sonrisa y una caricia en el pelo, a nombre de un ponqué Ramo aún vigente (tal vez por cuenta de esa recordación), esta mujer colombiana se hizo a pulso a ella misma e hizo que el respeto fuera su activo más importante. No fue el reconocimiento, ni las amistades ni la farándula lo que la distinguieron, sino su tranquila confianza en ella misma la que le permitió que en este medio que todo lo manosea y deteriora, su figura quedara intacta. Cualquier homenaje es poco para ella.


El contraste lo marca el regreso recargado de Amparo Grisales, quien ha invadido todos los espacios mediáticos para venderse hasta el último centímetro de su piel y de su ser, en una revancha para decirle a la cosecha de nuevas imágenes mediáticas “aquí estoy yo y aquí me quedo”. No deja de producir un bochorno que las mujeres que en consenso generalizado consideramos indigno ser objetos, ella sea el gran objeto de sí misma, de su insaciable poder de explotación con el que se vende como “una mujer muy bien atendida”. Esta figura femenina suya, una antítesis de la de Gloria Valencia, resulta ser un llamado a las nuevas generaciones para que se salten cualquier reato y sigan su consigna de “explótese quien pueda”. Resulta evidente cómo este desafío prolifera en moldes femeninos impuestos de prototipos comercializables que han hecho carrera y en los que Amparo Grisales es pionera y máxima exponente.


En empate muy ceñido (no puede ser de otra manera tratándose del tema) está Natalia París, quien ha desempeñado todo tipo de papeles para hacer que su cuerpo y su firma rindan todas las utilidades posibles. No tardará mucho en incluir su descendencia dentro del catálogo personal. Con esta comercialización reinante a nadie extraña que caras y siluetas se asocien con clínicas, ortodoncistas, cirujanos plásticos, electrodomésticos y campañas individuales o colectivas que venden milagros varios. Es normal que tenga precio cada aparición de “mercancía siempre fresca” en revistas que se disputan la primicia de exhibir al máximo estos objetos femeninos. No tengo reproche moral que hacer a esta promoción y venta de las mujeres, pero sí tengo una discrepancia de gusto y de respeto porque queda salpicado el género (clasificación que siempre me pareció molesta) cuando se generaliza el modelo Grisales/París y desaparece el sello Valencia. A las nuevas generaciones de mujeres que buscan en quién reflejarse no les queda casi nadie para escoger. No aparece el alto contraste que las estimule a salirse de la cuña de volverse un objeto comercial femenino.


 

 

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