Costas extrañas

Álvaro Cepeda Samudio sigue a la espera

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Los escritores suelen enterarse de que escribieron una obra perdurable cerca de sesenta y cinco años después de haberla publicado, es decir, cuando tendrían que recurrir a la resurrección para festejar. Este es el caso de Álvaro Cepeda Samudio y su primer libro de cuentos, Todos estábamos a la espera.

Publicado en 1954, Todos estábamos a la espera, un compilado de nueve cuentos cortos escritos a lo largo de cinco o seis años, tuvo una buena acogida. Sus amigos del Grupo de Barranquilla, incluido García Márquez con una nota casi hagiográfica en El Espectador, celebraron su estilo y lo llamaron poeta. Para ese entonces, por su tono y por sus escenarios en apariencia ajenos, Todos estábamos a la espera debía de tener el aspecto de un animal escaso y salvaje. Es sorprendente, sin embargo, que hubiera preservado esos atributos y que —para dicha de Cepeda Samudio, que murió en 1972— su libro esté tan fresco y tan vivo como si lo hubieran publicado hace unas horas.

Hoy decidí vestirme de payaso, el cuento que abre, tiene la capacidad fabulosa de ser una alegoría, un poema y un recuento sereno de las desventuras de alguien que no es payaso pero se ha maquillado como uno, todo a la vez y todo revuelto. “Todos los payasos se vuelven hacia mí y me miran con rabia. A mí ha comenzado a cansarme esta forma que tienen de mirarme cuando hago algo que ellos creen que no está bien”.

Ese payaso es triste, algo atontado y va dando tumbos por el mundo: el relato, de unas pocas páginas, comienza en un circo, sigue por una carpa donde hay una muchacha semidesnuda, continúa en un bar y acaba de vuelta en el circo. Es un payaso desorientado. “Mientras se viste, la muchacha quiere saber todas las cosas que yo no sabría contestar. Yo le digo pequeñas palabras, monosílabos, pero ella insiste. Cómo es mi nombre? Yo no sé. […] Para qué quiero hablar con ella? Tampoco sé. […] Pero quién soy yo? Y tengo que contestarle: <<Hoy decidí vestirme de payaso>>”.

Cepeda Samudio escribe así, sólo con el signo de interrogación de cierre —y no por error sino por voluntad: también aparece así en La casa grande—, como se usa en inglés, la lengua de los autores que quizás más admiró: Saroyan y Faulkner. También es la lengua que habló cuando se marchó a Estados Unidos para estudiar periodismo y en la que escribió uno que otro poema. Por eso, en parte, estos cuentos parecen contados por alguien que visitó dominios extranjeros y volvió para rememorar todos sus percances con el tono que más atrae al oído: foráneo pero familiar.

El cuento que da nombre al libro, Todos estábamos a la espera, tiene esa cualidad. Si no estuviera escrito por Cepeda Samudio, podría apostarse que se trata sólo de una descripción precisa de un cuadro de Edward Hopper: una pareja —o varios más— espera en un bar la llegada de otra persona. “Nos pusimos de acuerdo sin que nadie se lo propusiera. Dejamos de ver el boxeo como hacíamos todo: sin decirnos nada”.

Todos estábamos a la espera es un cuento magistral porque incurre en un engaño: mientras convence al lector de que está hablando de un grupo de gente que espera en un bar, en el fondo, que es siempre más turbio, está hablando del desamparo que sufren aquellos que aguardan con sus soledades portátiles sin recibir nada a cambio.

El cuento que sigue, Vamos a matar los gaticos, demuestra hasta qué punto Cepeda Samudio podía ser elocuente con sólo algunos elementos: a punta de diálogos espartanos, cuenta qué sienten y cómo son los tres niños que piensan matar a una camada de gatos recién nacidos. ¿Por qué? Nadie lo sabe. En este libro, nadie conoce las razones sobre nada. El destino es tan ineludible e improrrogable que esa pregunta caducó y es preferible dejarse arrastrar.

Esa sensación se replica en El piano blanco, quizás uno de sus mejores cuentos. El pianista que narra la historia está enamorado del piano de su esposa. De hecho, se casó con ella sólo para permanecer junto al piano tanto tiempo como quisiera. “[…] las cosas me atraen, me seducen con sus líneas iguales y esa sensación de seguridad, de inmutabilidad que emana de ellas. Yo soy un hombre normal y comprendo que esta costumbre mía de enamorarme de las cosas es malsana”. Observa al piano en el escenario, “solo con su ala de cuervo lanzada al aire”, y parece gobernado por una lujuria sin orden ni origen. El piano blanco es un familiar de El cocodrilo de Felisberto Hernández, por su evidente nostalgia en torno al piano y por su deseo de “tantear el mundo con algún hecho desacostumbrado”.

Cada cuento de Todos estábamos a la espera tiene, al menos, un rasgo que obliga a considerar a Cepeda Samudio como uno de los primeros modernistas serios que tuvo la ficción colombiana. Hay que buscar a Regina reconstruye una voz cíclica y meditabunda que apenas un año antes había explorado también Juan Rulfo en El llano en llamas; Un cuento para Saroyan ataca de nuevo con diálogos breves y elípticos, propios del modernismo norteamericano; Todos estábamos a la espera describe una desesperanza muy similar a la de Esperando a Godot, estrenada apenas un año antes.

Incluso en los cuentos menos logradosla narración fragmentaria de Jumper Jigger, el sentimentalismo excesivo de Nuevo intimismo y el enredo vocal de Tap-Room—, Cepeda Samudio siempre tiene algo original, extraño, movedizo. Es posible que los mejores escritores sean aquellos que escriben bien aun cuando escriben mal.

Pese a todo, suele considerarse a Cepeda Samudio como un talento cuyos mejores frutos quedaron truncados por su falta de disciplina, por su inclinación por la parranda o por haberse embarcado en numerosos proyectos dispares sin haber terminado ninguno. Esa afirmación supone, de entrada, que Todos estábamos a la espera es solo un patio de pruebas y que el genio literario requiere numerosas publicaciones para comprobar su salud de hierro, de modo que la obra de Cepeda Samudio queda suspendida en el vacío, juzgada apenas como una tentativa.

Pero es absurdo: Todos estábamos a la espera es un libro terminado, una obra en sí misma que los lectores deberían reivindicar más a menudo, y al destino le basta con un buen libro de cuentos —y, recordemos, una novela como La casa grande—, que sigue siendo leído y editado sesenta y seis años después de su publicación, para demostrar de qué madera está hecho el árbol.

 

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