Álvaro Uribe, ¿a favor o en contra?

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Si algo refleja la polarización del país es lo mucho que nos divide la figura de Álvaro Uribe. No hay duda de que el mismo expresidente ha contribuido a fomentar la polarización y a avivar las llamas de la división entre los colombianos. Pero lo cierto es que la gente en Colombia, a menudo, se siente obligada a definir su posición política con base en su postura frente a Uribe, y tan pronto lo hace incurre en la miopía de la polarización.

Sorprende que gran parte de la población colombiana se define según su simpatía o antipatía por un individuo. Pero ni los unos ni los otros parecen captar que, tan pronto expresan su posición frente al expresidente, renuncian a percibir la mitad del problema, y por ende su apreciación de la realidad nacional de las últimas décadas es forzosamente incompleta.

Muchos todavía juzgan la figura de Uribe desde una visión maniquea. Están a favor o en contra, lo creen un dios o un diablo, y no hay fuerza ni tesis que los lleve a matizar su posición y menos a cambiarla. Pero la verdad es que Álvaro Uribe ha hecho de todo, bueno y malo, y negarlo lleva al error y a la incomprensión.

Sin duda, Uribe ha logrado mucho de bueno a lo largo de su carrera. Es una vida dedicada al servicio público, que ha asumido riesgos y desafíos en aras de luchar por la patria. Es un hombre valiente y trabajador, claro en sus ideas, y no le tiembla el pulso a la hora de la verdad. Le cabe el país en la cabeza y tiene una memoria prodigiosa. Su gobierno tuvo éxitos que alejaron a la nación del abismo. Se reactivó la economía. Los alcaldes pudieron retornar a sus pueblos. La gente volvió a sus fincas y a transitar por las carreteras nacionales. Regresó la inversión extranjera. Se duplicó la producción nacional. Se fueron acabando las pescas milagrosas. Las tasas de violencia por fin empezaron a caer y se redujeron de manera asombrosa. Las Farc fueron debilitadas y eso llevó a su eventual desmovilización. Los paramilitares, causantes de indecibles barbaries, fueron desmovilizados y sacados de la ecuación de la guerra. Y mucho más. Todo eso es cierto. Y es innegable.

Sin embargo, a lo largo de esa misma carrera, Uribe también ha logrado mucho de malo. Su falta de respeto por las normas democráticas y por la independencia de las cortes y de la prensa causó estragos. En su gobierno surgieron y se multiplicaron los falsos positivos. El DAS se convirtió en un fortín de bandidos. Hubo interceptaciones ilegales a la Corte Suprema y muchos periodistas fueron amenazados y silenciados. Uribe torció la Constitución para permanecer en el poder y lo intentó no una sino dos veces. La corrupción que se propagó para lograr su reelección fue atroz. La desmovilización de los paras fue hecha a espaldas del país, de la noche a la mañana, con una gigantesca cuota de impunidad. Como expresidente, Uribe hizo lo posible por sabotear el proceso de paz con las Farc. Y mucho más. Todo eso también es cierto. Y también es innegable.

El caso es que si de veras aspiramos a la reconciliación nacional y a dejar atrás la división y la polarización, eso sólo se dará cuando la gente comprenda que nuestro país imposibilita los juicios simplistas y maniqueos, con los compatriotas divididos entre buenos y malos. Y nadie encarna mejor esa compleja realidad que Álvaro Uribe.

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