Por: Aldo Civico

Álvaro Uribe, el flautista de Hamelín

Los líderes políticos de Colombia han logrado reducir la paz, señalada en la Constitución como un derecho fundamental, a un mero instrumento de propaganda política y de contienda electoral.

La humillación de la paz ocurre no por falta de liderazgo, sino por exceso de liderazgo maligno.

El expresidente Uribe, desde el momento en que Juan Manuel Santos se posesionó, se ha dedicado a erosionar el apoyo popular al proceso de paz con las Farc, proceso que los colombianos en lugar de percibirlo como la gran oportunidad que tienen para cambiar el rumbo de la historia, lo viven con gran escepticismo. Esta percepción no solo refleja el fracaso del presidente Santos para hacer pedagogía sobre los diálogos, sino que es también el producto de la propaganda de Uribe; el expresidente logró venderle al país la idea de que el presidente Santos está negociando la impunidad con las Farc a espaldas del país y que la cúpula de las Farc estará sentada en el Congreso de facto, haciendo política.

Gracias a su oposición incansable y visceral, liderada a golpe de trinos, el presidente Uribe se parece al flautista de Hamelín, quien además de limpiar el pueblo de todas las ratas con su flauta mágica, terminó sacando de la aldea también a todos los niños que se habían quedado en trance por la melodía tocada por el flautista. Es así que los colombianos, en la segunda vuelta, en lugar de elegir al futuro, podrían elegir marchar detrás de la flauta de Uribe hacia el pasado.

Para lograr este resultado, el expresidente solo tuvo que aplicar las reglas de la propaganda política ya teorizada por Gustave Le Bon en 1895 en su obra La multitud. Amplificando cada ataque de las Farc con trinos rabiosos y señalando al presidente Santos como un aliado de la guerrilla, Uribe logró enfatizar entre los colombianos el sentido compartido de victimización, alimentar los traumas del pasado, persistir en la deshumanización del enemigo (presentando a las Farc como ratas que no merecen vivir) y a consolidar su posición como el único líder que puede salvar la patria frente a la amenaza de que Colombia se convierta, con la complicidad del presidente Santos, en un territorio de conquista del castro-chavismo. Porque aun si en la segunda vuelta los colombianos marcaran el nombre de Zuluaga en el tarjetón, en realidad, como por hipnosis, votarán por Uribe.

Desde que Le Bon escribió su libro, varios son los líderes que aplicaron con éxito nefasto estas técnicas de propaganda política maligna. Un ejemplo de la historia más reciente fue George W. Bush, quien utilizó la tragedia del 11 de septiembre para fomentar a través de la manipulación y de la mentira el apoyo popular para invadir a Irak.

Es una lástima que en Colombia no hayan surgido todavía líderes reparadores, como, por ejemplo, lo fue Nelson Mandela en Sudáfrica. Es una lástima que el expresidente Uribe, que sin duda tiene un carisma y una capacidad de liderazgo únicos en Colombia, haya elegido hasta hoy el ser un líder que alimenta odios, rencores y actitudes negativas a través de una propaganda política maligna, en lugar de asumir un liderazgo auténtico y transformador, poniéndose al frente de un movimiento que busque la reparación y la reconciliación. ¡Cómo sería distinto el futuro de Colombia si Uribe lograra esta conversión!

 

 

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