Por: Héctor Abad Faciolince

Amado mío

CADA VEZ QUE ME PREGUNTAN QUÉ libro me llevaría a una isla desierta, contesto siempre lo mismo: mi amado diccionario.

Frente a mí, en el escritorio donde empiezo a redactar esta nota, miro y cuento mis diccionarios: tengo 49 en papel (de la lengua, de otras lenguas, de la ciencia, de uso, de autoridades, de americanismos, de religiones, de sinónimos, etimológico, de dudas…). Tal vez no los consulte tan a menudo como debiera. Sé muy bien que antes de terminar este artículo habré cometido al menos siete errores de léxico o de gramática, que me habría evitado si los hubiera abierto, pero los tengo frente a mí como una coraza, como un escudo contra los ataques de ignorancia, de pereza, de descuido, de falta de autocrítica. Escribir con diccionarios al lado es tan cómodo como caminar con zapatos sobre el cascajo, tan útil como un pararrayos en noches de tormenta, como lentes para la miopía y audífonos para la sordera.

Cada vez consulto más, por supuesto, los diccionarios virtuales, que son innumerables. De hecho, si lo que tuviera que escoger para llevarme a una isla desierta fuera una sola página web (acabo de buscar esta palabra: está en el de la RAE), creo que escogería Wikipedia (que en el DRAE no sale todavía). Sé muy bien que los eruditos desprecian a Wikipedia. Sospecho que su desprecio es una forma de la envidia, y es por eso que le ven tantos peros y peligros. Yo, que erudito no soy, profeso por ella la misma devoción que los escritores anteriores a Internet le tenían a la Enciclopedia Británica (que también me acompaña, pero que ya no abro casi nunca porque, por ejemplo, en la edición que tengo, no aparece la palabra Ébola, que hoy es indispensable). La quiero tanto que cada mes doy un óbolo (nada qué ver con Ébola) por lo mucho que me desasna.

Pero hoy lo que tenemos que celebrar es la salida de una nueva edición del magnífico —con todos sus defectos y carencias— Diccionario de la lengua española de la Real Academia. 93 mil entradas, casi 200 mil acepciones, 19 mil americanismos (pocos, para mi gusto) y una cantidad deliciosa de palabras nuevas que nos harán reír, soñar, protestar, admirar. Da gusto una lengua capaz de fagocitar (acabo de mirarte, palabreja, creo que te uso bien) palabras del inglés (hacker, tuitear, tuitero), del italiano (la hermosísima birra que me tomaré al terminar esta columna), del afgano (burka), del viejo francés (la chaise longue donde pienso hojear el nuevo diccionario cuando me lo compre).

Hace 300 años un hombre solo, Sebastián de Covarrubias, publicó su Tesoro de la lengua castellana o española, y su paciencia y genio admirables nos dieron un gran ejemplo. Pero hoy en día los diccionarios, como Wikipedia (donde acabo de verificar los datos sobre don Sebastián), son obra colectiva. Cada vez nuestro mundo interconectado permite con más facilidad que otros cerebros ayuden, añadan y critiquen. Cuatro ojos ven más que dos, y no digamos siete o 70.000. Cada tuit que uno publica, por ejemplo, está sometido al escrutinio de cientos de lectores que aclaran y corrigen, y así lo hagan con saña te brindan una gran ayuda.

Mediante un tuit le pregunté el otro día a la Academia Española por qué habían optado, en la palabra gay (en inglés, homosexual), por las grafías gay y gais (pronunciadas con A) y no por una forma más fonética, guey y gueis. La respuesta tardó pocas horas: “Se consideró una adaptación menos violenta: hay hablantes que así la pronuncian. Y por su parentesco con el adj. «gayo, -ya» ‘alegre, vistoso’.”. Creo que pueden tener razón y casi me convencieron. Quizá yo me obstine por algunos años en pronunciar ‘gueis’, pero al final es posible que el uso imponga gais. La gaya ciencia, la poesía del tiempo, es siempre la que decide, según el uso y los sonidos que la gente prefiere, porque, como también dice la Academia, “el Diccionario no autoriza el uso de las palabras, sino que lo refleja.” Y con esta reflexión, y la venia de ustedes, voy por mi birra.

 

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