Por: Lorenzo Madrigal

Amados y míseros canes

Los temas de Semana Santa, trágicos de por sí, fueron sacudidos por el incendio de Notre Dame, que a la distancia y recordando a Francia como la “hija primogénita de la Iglesia” nos tuvo espantados, con la cabeza hundida entre las manos. Pero no hablaré de ese tema trascendental. Hablaré de perros. Me doy una licencia como de vacaciones, podría decirse.

Me impresionó que inclusive la guerrilla pareció entrar en vacaciones. Vaya. ¿La guerrilla? ¿No se había terminado? ¿No hubo, pues, un premio Nobel de Paz que concedió la Academia? Academia que, a estas horas, también debe estar en vacaciones. Es que todo entró en calma. Sólo Notre Dame, que colapsó. De resto, en casita, películas de muchos trapos de telar, con un Jesús de variados rostros (uno de cabello alisado y reseco; otro de ojos hundidos y rizos afectados, otro de espalda, por lo tanto, más acertado) y bueno, al toque duro de las campanas acudir, no faltaba más, a los templos.

Pero dije que hablaría de perros, de nuestros animalitos. Y cierto que en vacaciones, bastante más atención les ponemos. Los nobles amigos que nos esperan y nos reconocen, los que nos reclaman, más que por alimento, por un toque de afecto. Su cerebro funciona con exactitud; sin embargo, una de mis perritas, querida ella y tonta, me ladró esta tarde, al llegar del invierno de Semana Santa, porque abrí la portada desde afuera, lo que no acostumbro. Le ladré en reciprocidad, porque lo hago bien y así me reconoce; me permitió entrar.

Se nos murió, hace años, el primer can que tuve en la casaquinta. Lo lloré, lo pinté, le hice versos: “… se nos marcha de la casa, nos deja ya sin su afecto, sin sus cariños intensos, sin sus señales dentadas, en nuestros brazos de dueños”. Fue un amigable dóberman (¡!).

Avanza la relación entre amos y mascotas. Los centros comerciales se han abierto, en franca competencia, para acogerlos. No entro a ellos con el mío, pero me espera en el parqueadero, con paciencia que yo no tengo.

Se valoran más ahora los canes que habitan la calle, que aman a sus infortunados amos y les guardan fidelidad, no usan cadena, no se pierden. Los totalmente desamparados son acogidos, como el de escaso pelo que adoptó Samper Ospina. El alopécico “Serafín” hoy es amado y se le ve feliz.

Cómo no recordar a nuestro magno poeta, Guillermo Valencia, cuando convierte a un animal abandonado en aquel estremecedor “mísero can, hermano de los parias”, y cuando le dice: “tú inicias la cadena de los que pisan el erial humano, roídos por el cáncer de su pena; (… )Son los siervos del pan, fecunda horda que llena el mundo de vencidos” (¡!). Épica, estremecedora y larga descripción del infortunio social. El heredero del poeta, el siempre inspirado presidente Guillermo León Valencia, quiso hacer del poema “Anarkos” su nebuloso programa de gobierno. La intención era bastante buena.

 

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