Por: Mary Anastasia O’Grady

Amanecer en Colombia

SON APENAS ALGO MÁS DE LAS 5:30 Y el amplio cielo azul índigo que se ha estado oscureciendo toda la tarde finalmente se despeja. Las bandadas de lluvia  van barriendo las verdes planicies; de cuando en cuando ráfagas de viento tropical llevan el aguacero de lado a lado y hacen que las hojas de las palmas de aceite se levanten.

La tormenta es espectacular, pero estamos seguros y secos bajo el porche de una casa de hacienda, tomando vino. Un vecino ha recorrido unos ocho kilómetros a caballo para una visita vespertina. Como usualmente sucede en Colombia por estos días, la conversación llega a la maravilla de la paz que finalmente se ha asentado en el país tras años de terror inenarrable.

La presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, se niega a permitir la votación del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Colombia, porque dice que el presidente Álvaro Uribe no ha hecho lo suficiente para calmar la violencia política en el país, particularmente contra los sindicalistas. Una gran cantidad de colombianos cuestiona esta aseveración.

Solamente con base en las estadísticas, la acusación de Pelosi es absurda. Desde 2002, cuando Uribe tomó posesión, la tasa de homicidios entre todos los colombianos ha bajado 40 por ciento, mientras que la tasa de homicidios de sindicalistas —por quienes la señora Pelosi parece estar particularmente preocupada— ha bajado un 87 por ciento. La financiación del Gobierno a la protección de los sindicalistas se ha incrementado un 285 por ciento con Uribe. Hoy, la vida de un sindicalista es de lejos más segura que la de la población en general. Y la población en general está más segura de lo que lo ha estado en años.

Pero estos son apenas los duros y fríos datos. Para entender de verdad qué tanto ha cambiado para bien Uribe a este país, nada puede sustituir salir y hablar con los colombianos.

Uno no tiene que viajar hasta aquí a las praderas para escuchar sobre el renacimiento de la nación. A cualquier parte que uno va en Colombia, se habla del regreso a la vida. En el aeropuerto de Bogotá, un hombre de mediana edad que trabaja en el sector de petróleos me abordó cuando supo que era periodista. Durante 15 minutos me contó los horrores que había vivido su familia cuando el Gobierno abandonó su papel en la seguridad y la guerrilla marxista y los ejércitos paramilitares se la disputaban. Al final de su soliloquio sus ojos se enjuagaron: “Yo era un prisionero en mi propio país antes de este presidente”, me dijo antes de salir apurado a tomar su vuelo.

Aquí en las sabanas, donde el ganado Brahman y la exploración de petróleo son los negocios tradicionales, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) se tornaron salvajes en los noventa. Una práctica escalofriante era el secuestro por medio del bloqueo de las vías para buscar víctimas valiosas —alguien cuya familia podría pagar mucho por su retorno—. Los locales los llamaban “pescas milagrosas”, tomado de un juego que combina destreza y suerte, y se juega en los parques de diversiones.

En 1998, cuatro estadounidenses que observaban aves fueron retenidos por las Farc en el vecino departamento de Meta. Este caso provocó titulares en Estados Unidos. Pero para los colombianos, el riesgo de ser retenidos por el cobro de un rescate era rutinario.

Las guerrillas también imponían su propia justicia, llegando hasta a decidir quién se casaba con quién. Exigían con amenazas pagos a dueños de tierras y finqueros. Aquellos que se resistían usualmente encontraban la muerte. Lo peor de las guerrillas, me dice un residente, era que nunca cumplían su palabra. Los ciudadanos decentes estaban siempre a su merced. Esta miseria produjo el surgimiento de grupos de autodefensa, conocidos como paramilitares o, simplemente, ‘paras’.

Hoy los ‘paras’ son condenados por la sociedad, porque se han transformado en bandas criminales. Pero en sus primeros años no sufrían tal desaprobación. Ellos eran, por el contrario, patrulleros heroicos que tenían el coraje de enfrentar el reino del terror. Muchos de sus miembros eran familiares de víctimas de las Farc.

La gente en estos lares reconoce que los ‘paras’ fueron una cura para el terrorismo de las Farc. Un colombiano que conozco lo explica así: “La manera en que lo veo es que los paramilitares eran como una quimioterapia. Te enferma y tu pelo se cae, pero salva tu vida”.

Según el sentir general aquí, los ‘paras’ se podían manejar de manera más fácil, pero practicaban su crueldad de propio cuño. Se dice que entraron en el tráfico de narcóticos para conseguir dinero para sus ejércitos. Pero eventualmente el negocio de las drogas y el poder que éste les trajo los corrompió. También los llevó a la extorsión y a acosar a la población. Parte de la peor violencia en la región llegó cuando dos grupos ‘paras’ se trenzaron en una lucha por el poder.

Entonces, ¿cómo regresó el imperio de la ley? Los locales le dan el crédito a Uribe, quien ofreció a todos los combatientes un acuerdo para desmovilizarse. Aquí en Casanare los ‘paras’ se desmovilizaron y desde entonces, me cuentan los finqueros con el porche en medio del aguacero, la guerra ha terminado y una policía y un ejército de alto nivel mantienen la paz.

Esta es una gran noticia para todos los colombianos, excepto para los apoyos de la señora Pelosi aquí. Muchos de ellos simpatizan con las Farc y esperaban que su terrorismo produjera un nuevo orden. Por fortuna, la democracia de Colombia ha sobrevivido y las Farc no están ahora en posición de ganar una elección.

* Columnista de ‘The Wall Street Journal’, periódico en el cual apareció originalmente esta columna.

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